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Mio -Capítulo Final
Sí!
Donghae lanzó un
puñetazo al aire, eufórico por haber pasado el primer nivel del último juego de
Hyukjae. En
realidad, el juego era de él: su prometido lo había diseñado especialmente para
él. «Las aventuras de Donghae» era una pasada aunque eso no le sorprendía. Hyukjae
era un genio y cada videojuego que había creado resultaba especial. No era de extrañar
que siempre se enganchara a todo lo que él creaba.
Acarició la
pantalla del ordenador con la mano y suspiró. ¿Qué hombre dedicaría un sinfín
de horas a diseñar un videojuego exclusivo para él, un juego que no pensaba
sacar jamás al mercado?
«Solo Hyukjae».
Se recostó en la
silla para mirar el reloj. «¡Huy!». Se había metido tanto en el juego que
llevaba en la sala de informática más tiempo del que se había propuesto. Pero
es que le encantaba, ¡era tan adictivo!
Hyukjae se lo
había regalado por San Valentín, entre otras muchas cosas. Para ella siempre
sería un regalo muy especial porque lo había hecho él y porque probablemente
había dedicado semanas enteras de su inexistente tiempo libre diseñándolo con
el único objetivo de que él se lo pasara bien. Su prometido lo había guiado
hasta la habitación hacía más de una hora para darle la sorpresa. Se había
marchado con una sonrisa de oreja a oreja cuando se había sentado frente al
ordenador impaciente por dominar otra de sus creaciones.
Mio -Capítulo 21
Hyukjae daba
vueltas en la sala de informática como un tigre enjaulado.
Sabía que
seguramente era un poco exagerado pensar que Donghae lo iba a abandonar, pero
en ese momento no estaba siendo racional precisamente. Durante un rato se había
encontrado mejor, pues su hermano Kangin le había hecho entrar en razón, pero
después había recibido un mensaje de Donghae diciéndole que llegaría a casa más
tarde de lo normal, y eso había vuelto a disparar las alarmas y a ponerlo de
los nervios.
La forma en la que Donghae había contestado a sus mensajes —con
respuestas de lo más evasivas— no lo había tranquilizado en absoluto. Lo único
que le consolaba un poco era que le había enviado un mensaje para decirle que
lo quería:
«Te quiero
muchísimo. No tardaré en volver a casa».
Hyukjae se detuvo
para leer de nuevo el mensaje con la esperanza de que lo animara un poco y le
quitara los malos rollos de la cabeza. Quizá lo habría logrado si en ese
momento no hubiera visto por
el rabillo del
ojo el maldito acuerdo prenupcial.
Mio -Capítulo 20
—No estás enfermo.
Estás embarazado.
Donghae se quedó
helado y miró alarmado al alegre pelirrojo que entraba en el consultorio. Se
quedó con la boca abierta mientras negaba con la cabeza:
—¿Cómo es
posible?
El doctor Park Leeteuk
se detuvo delante de la camilla en la que Donghae estaba sentado y se cruzó de
brazos.
—Estas en la
salud. ¿De verdad necesitas que te refresque la memoria con una lección de
anatomía y fisiología? —Leeteuk levantó los brazos y dibujó un círculo con el
dedo corazón y el pulgar de la mano izquierda, mientras introducía el índice de
la mano derecha en el círculo—. La parte A se inserta en la parte B y el
resultado puede ser un embarazo. —Se encogió de hombros, sonrió y dejó caer las
manos a los costados—. El resto de los detalles ya los conoces.
—Me cuido, Leeteuk.
No es posible.
—Sabes que no es
infalible. Además, sospecho que es muy probable que te quedaras poco después de
superar el virus estomacal que padeciste a fin de año —respondió Leeteuk
pensativo.
Mio -Capítulo 19
Podemos hablar?
Kim Hyukjae levantó
la mirada de la pantalla del ordenador y vio a su prometido, Donghae, en el
marco de la puerta de la sala de informática que tenía instalada en casa. Al
oír las dos palabras que todos temen que
salgan de la boca de su pareja al que ama se estremeció.
Llevaba viviendo
con esa preciosidad más de un año y, cuando vio esa conocida arruga de
concentración entre los bonitos ojos del moreno, Hyukjae supo exactamente lo
que estaba a punto de ocurrir.
«¿Podemos
hablar?».
Las palabras que
había susurrado con su voz seductora y aterciopelada eran en realidad una
advertencia, una señal de que se encontraba a punto de sacar un tema con el que
él estaba en rotundo desacuerdo o del que directamente no quería ni hablar.
Cogió la taza que
tenía junto al ordenador y pegó un trago al café deseando tener al alcance
algún licor un poco más fuerte aunque no hubieran dado aún ni las ocho. La
última vez que Donghae había querido «hablar» le había dado la tabarra para que
redujera el número de guardaespaldas. No estaba dispuesto a ceder en eso. Su
lindo trasero ya tenía menos escolta de la que a él le gustaría.
Mio -Capítulo 18
Hyukjae gruñó
y el sonido que salió de sus labios transmitió una sensación entre el placer y
el tormento. Puso la mano sobre la suya.
—Móntame,
cariño.
Se quitó los
calzoncillos que acababa de estrenar pero que ya eran sus favoritos y los tiró
al suelo. Donghae levantó la cabeza para mirarlo a los ojos mientras él lo
rodeaba con los brazos y lo tumbaba sobre su
cuerpo.
—¿Estás
seguro?
Lo que más
quería en el mundo en ese momento era meterse ese falo y contemplarle gozar
bajo su peso, pero le angustiaba mucho hacerle revivir otro mal recuerdo.
—Sí. Quiero
ver cómo cabalgas sobre mí. Quiero contemplar tu rostro cuando te corras por mi
verga —respondió con determinación y necesidad.
Le montó a
horcajadas, pero se detuvo vacilante con el corazón a cien por hora. ¿Podría Hyukjae
hacerlo así? No era necesario.
—No tienes
que demostrarme nada. No tenemos que hacerlo.
—Métetela,
cariño. Necesito follarte. Te necesito —bufó con una voz ronca plagada de
deseo. «Te necesito».
Mio -Capítulo 17
¡Ay, no!
Parecía que se iba a echar a llorar. Esperaba que no lo hiciera.
—No sé cuál
es tu flor favorita ni la clase de caramelos que te gusta. Tampoco sé tu color
preferido. ¿Debería saberlo? ¿No debería saber las cosas que te gustan?
—preguntó malhumorado.
Tiró el osito
con delicadeza al suelo y se acercó a Hyukjae.
—No hacía
falta que hicieras todo esto. Es la primera vez que me regalan flores.
¿Qué es lo
que había hecho? Tan solo había ido de compras. No era para tanto. Es verdad
que él prefería que le hicieran una endodoncia antes que ir de tiendas, pero,
por primera vez, había disfrutado comprando cosas.
—He ido de
tiendas. Tampoco cuesta tanto.
«Y he ido en
el último momento porque ni siquiera me había dado cuenta de que era San
Valentín. ¡Qué desastre! ¡Menos mal que el marido de Sora es muy detallista!».
—Has hecho
todo esto por mí. —Estiró el brazo para señalar todo el comedor—. Las flores
son preciosas. Me encantan. Se me hace la boca agua viendo esos caramelos y el
resto de cosas me abruman de tal modo que me he quedado sin habla. Con una
tarjeta ya me habría emocionado. No hacía falta que hicieras todo esto. Hay personas
que no reciben tantos regalos en toda su vida. Pero lo que más me conmueve no
son las cosas, sino tú. Tus ganas de hacerme feliz. Eres el hombre más
increíble del planeta. Por eso te amo.
Mio -Capítulo 16
—Sí. Estuve
yendo a la consulta del doctor Yesung más de un año —comentó con un tono
vacilante y seco, como si sus instintos libraran una batalla contra sus
sentimientos—. Mi madre quería asegurarse de que estaba bien emocionalmente.
Donghae
volvió a colocarse en la bañera presionando su cuerpo contra el de él para
acercarse todo lo posible. Deslizó las manos por los brazos hasta encontrar las
suyas, que estaban bajo el agua, y entrelazó los dedos con los de él.
Hyukjae
inhaló su aroma, que lo embargó por completo, cuando Donghae inclinó la cabeza
para apoyarse en su mandíbula.
—¿Hyukjae?
—susurró con suavidad.
—¿Sí?
—preguntó apretándole los dedos con delicadeza.
—Te quiero.
—Lo dijo tan bajito que él apenas la oyó—. Me encanta todo tu ser, adoro cada
parte de ti. Nada de lo que te haya ocurrido en el pasado cambiará eso. Te
quiero hasta cuando te vuelves mandón.
—Yo no soy
mandón —repuso como por reflejo mientras las paredes del corazón se le
desmoronaban para que pudiera salir volando. ¡Madre mía! Llevaba tiempo
queriendo oír esas palabras de su boca, pero jamás se había imaginado que ese
momento sería tan maravilloso. No tenía muy claro qué había hecho para merecer
a alguien como él, pero no era idiota; se lo pensaba quedar—. Sabes que no
dejaré que me abandones en la vida, ¿verdad?
En realidad
no le estaba haciendo una pregunta, sino dejando claras sus intenciones.
Mío -Capítulo 15
Hyukjae salió
del despacho y cerró con delicadeza la puerta a sus espaldas. Entonces, desvió
la mirada hacia Sora y frenó en seco ante su mesa.
—¿Necesita
algo, señor? —preguntó con un tono profesional que contrastaba con su amplia y
sincera sonrisa.
Miró con el
ceño fruncido a su ayudante de pelo cano, que prácticamente quedaba oculta tras
un gran ramo de rosas colocado en un sitio privilegiado de la mesa. ¿Se le
había pasado su cumpleaños? No. Imposible. El cumpleaños de Sora era en
septiembre y además Marcie, su secretaria, siempre se lo recordaba.
—Bonitas
flores. ¿A qué se debe? —preguntó con curiosidad.
Sora le miró
sorprendida con las gafas de cerca en la punta de la nariz.
—Es 14 de
febrero, jefe. El día de los enamorados. Ya sabe: corazones, flores, romanticismo...
— Esbozó una sonrisa de oreja a oreja—. Mi Minho lleva 37 años enviándome dos
docenas de rosas por San Valentín. —Suspiró—. ¡Siempre ha sido un romántico!
Su voz
transmitía el cariño y la adoración que sentía por su pareja.
¿El día de
los enamorados? Sí, conocía la tradición, pero nunca le había prestado
atención: San Valentín pasaba cada año sin que le afectara lo más mínimo. Era
otro día cualquiera, un periodo de veinticuatro horas durante el cual veía un
montón de cupidos y corazones rojos…, eso si decidía prestarles atención, algo
que no era habitual.
Mío -Capítulo 14
Las manos de Donghae
se movían despacio, acariciando sus anchos y fornidos hombros, palpando cada
centímetro de sus sólidos músculos y saboreando la fuerza que irradiaba su
poderoso cuerpo. Recorrió la columna vertebral con las manos hasta alcanzar la
nuca. Le tiró del pelo para que inclinara la cabeza y le recorrió la clavícula
con besos ligeros mientras lo peinaba con los dedos. Gimió levemente antes de llevar
la boca a su palpitante cuello y, al inhalar su aroma, una calidez erótica se
propagó por todo su cuerpo. Respiró hondo para que su fragancia le consumiera
mientras el sensual latido que galopaba bajo sus labios le aseguraba que sentía
la misma necesidad que él.
Hyukjae
emitió un gruñido antes de poner en marcha su fornido cuerpo. El duro miembro
encontró entre los muslos de Donghae un cálido lugar en el que reposar y su
suave verga se deslizó. Sintió que cada una de sus terminaciones nerviosas
entraba en combustión en el momento en que Donghae abrió más las piernas,
rogándole en silencio que lo saciara, que satisficiera ese anhelo acuciante que
le arañaba por dentro sin descanso.
Él se
incorporó sin previo aviso y Donghae gimoteó al sentirse privado del calor que
desprendía. Hyukjae buscó el dobladillo de su camiseta, se la quitó por la
cabeza y lo tiró al suelo.
—Así ya no
hay nada entre nosotros —bramó antes de volver a inclinarse sobre él.
Donghae gimió
al sentir de nuevo su ardiente cuerpo contra el suyo, desde el pecho hasta la
ingle, y saboreó la dulce sensación de rozar piel con piel.
—Mío. Eres mío.
Dilo. —Se le escapó la exigencia entre los labios como si no fuera capaz de
contenerse.
Mío -Capítulo 13
Hyukjae se
inclinó hacia Donghae despacio, tan despacio que se le cortó la respiración.
Sus ojos oscuros brillaban con llamas de pasión y le miraron fijamente hasta
hacerla estremecer. Las vibraciones que transmitía eran tan intensas que su
cuerpo reaccionó de forma instintiva. Acercó la boca a su oreja y Donghae
sintió en el cuello y en la mejilla la calidez de su aliento.
Aquella
amenaza en forma de susurro le produjo un escalofrío que le recorrió la columna
vertebral de un extremo al otro. No sentía miedo, sino un anhelo que le abatió
el cuerpo entero con la fuerza de un huracán.
Cuando una
enfermera de mediana edad entró en el cuarto, Donghae exhaló un suspiro trémulo
y Hyukjae tuvo que incorporarse y alejarse de la cama. La mujer le proporcionó
a Donghae la medicina, antes de medirle las constantes vitales con gran
eficiencia. Tras realizar una evaluación rápida y preguntar si necesitaban algo
más, se marchó.
—Me extraña
no estar compartiendo habitación —murmuró Donghae una vez que la enfermera hubo
salido—. Este hospital suele estar bastante lleno.
Había hecho
prácticas en ese centro y sabía que las habitaciones siempre estaban ocupadas
en esa época del año.
Hyukjae dio
la vuelta a la silla y se sentó al revés, con los brazos apoyados sobre el
respaldo de madera. Por primera vez desde que Donghae había abierto los ojos
sonrió.
—Ser un
multimillonario que casualmente dona generosas sumas de dinero a ONG
relacionadas con la sanidad tiene sus ventajas.
Mío -Capítulo 12
—¡Cállate,
zorra! —exigió una voz aterradora y amenazante poco antes de que Donghae le
pegara una patada en la rodilla.
En respuesta
a ese golpe y sin dejar de arrastrarlo ni por un instante, le propinaron un
puñetazo en la cara. El guantazo fue tan fuerte que, por un momento, Donghae se
quedó helado e indeciso.
«Resístete,
joder. Defiéndete».
Los
drogadictos lo cogieron en volandas para meterlo en el coche, pero él levantó
las piernas y puso un pie en la puerta y el otro en la carrocería, junto a la
puerta abierta.
«Que no
consigan meterte en el coche. De lo contrario, estás muerto».
Los pies se
le empezaron a resbalar y uno de los hombres lo cogió del pelo y comenzó a
golpearle la cabeza contra la chapa de metal de la puerta abierta. El sonido
que producía su cráneo al chocar con el metal era ensordecedor y empezó a darle
vueltas la cabeza y a nublársele la vista.
«Debería
haberle dicho a Hyukjae que estoy enamorado de él».
—¡Cabrones!
—gritó una voz que Donghae reconoció.
Un brazo lo
agarró de la cintura y lo apoyó contra un pecho para librarlo de los dos
matones. Aunque la cabeza le daba vueltas como si acabara de bajarse de una
atracción de feria, levantó la mirada y pudo distinguir a Kim Kangin, que lo
dejó en la acera antes de echar a correr enfurecido hacia el coche. A Donghae
le entró un ataque de pánico al darse cuenta de que se proponía atacar él solo
a los dos tipos. Por increíble que parezca los dos hombres no supieron cómo
reaccionar. Kangin era más grande que ellos, pero ellos eran dos.
Mio -Capítulo 11
Donghae cerró
a sus espaldas la pesada puerta de madera del despacho del gerente de un
restaurante. Se apoyó en ella y suspiró al borde de la desesperación. Era la
undécima entrevista que hacía en diez días y todas, incluida esta, habían sido
una auténtica pérdida de tiempo. Nadie quería contratar a un universitario que
tardaría pocos meses en acabar la carrera. Ningún restaurante estaba interesado
en un camarero que posiblemente dejara el trabajo en seis meses para buscar un
puesto relacionado con su vocación. Donghae no podía culparlos por ello, pero
necesitaba un trabajo con el que comer.
Volvió a
salir avergonzado del despacho de otro gerente que no estaba dispuesto a
contratarlo ni siquiera a media jornada y, al pasar por la parte trasera del
restaurante, escuchó sonidos que le resultaron extremadamente familiares: el
ruido de platos al chocar, los bufidos de los cocineros y los comentarios
mordaces de los camareros.
Vale, tampoco
se iba a morir de hambre. Aún tenía diez mil dólares en su cuenta, el préstamo
que se había quedado de Hyukjae. Se mordió el labio inferior al sentir de nuevo
el terrible dolor que le invadía cada vez que pensaba en él. Abrió la puerta
principal del restaurante y se apoyó en el frío ladrillo para poner sus pensamientos
en orden tras la catastrófica entrevista.
En realidad
tenía más de diez mil dólares en su cuenta: nueve días antes, en su cumpleaños,
Hyukjae había contratado a varios hombres y un mensajero para que llevaran a la
casa de Leeteuk todos los objetos que Donghae había dejado en su piso. Los
porteadores apenas podían cargar con todas sus posesiones —todas regalo de Hyukjae—,
y el mensajero le entregó un ramo enorme con docenas de rosas rojas y un sobre
con una nota.
Mio -Capítulo 10
La casa de Kangin
era impresionante. La llamativa decoración en blanco aportaba gran luminosidad
y hacía que el espacio, grande de por sí, pareciera aún más amplio y elegante.
La ropa que llevaban los invitados y la comodidad con la que charlaban en aquel
entorno tan suntuoso dejaban patente su estatus y su riqueza.
Donghae
intentó que no se notara mucho que prácticamente era un indigente, pero le
costaba no mirar boquiabierto todo lo que había alrededor. Mujeres y jóvenes ataviados
con diamantes y piedras preciosas, tenían pinta de estirados.
Los hombres, que olían a dinero y poder, se agrupaban en círculos en los que,
con toda probabilidad, se hablaba de negocios o de fútbol.
Hyukjae se
acercó a un gran bufé que reponían constantemente unos camareros en silencio y
llenó dos platos con canapés elaborados. Donghae fue a coger servilletas, pero
estaban dobladas con tal precisión que prácticamente se sintió culpable por
descolocarlas.
Frunció el ceño al darse cuenta de que los platos eran de
porcelana fina. A él le daría mucha rabia tener que lavar toda esa vajilla y se
preguntó cuántos lavaplatos serían necesarios para limpiar todo aquello cuando
concluyera la fiesta. ¿Es que los ricos no habían oído hablar de las
servilletas y los platos de papel?
Una vez que
se hubieron situado en un lugar tranquilo Donghae se dispuso a comer y, aunque
no tenía ni la menor idea de lo que se estaba llevando a la boca, no hizo
ascos. Ni mucho menos. Cada bocado que daba se le derretía en la boca y, cuando
acabó con el último manjar, se lamió los labios temiendo que le quedaran migas
por la cara.
Mio -Capítulo 9
Hyukjae
empezó a despotricar mientras se enrollaba una toalla blanca alrededor de la
cintura. Después de haber estado haciendo ejercicio se había metido del tirón a
la ducha que tenía en el gimnasio y se había olvidado por completo de traer
ropa limpia del dormitorio. Estaba cabreado porque la maldita toalla apenas le
tapaba las partes nobles.
Miró con asco
el chándal sudado y maloliente. Ahora que estaba limpito, no se lo pensaba
volver a poner.
Donghae aún
no había llegado a casa, así que, en principio, le daría tiempo a llegar hasta
su cuarto. Se peinó con los dedos el pelo mojado y abrió la puerta del baño,
listo para bajar corriendo las escaleras.
Sintió un
golpe de aire frío al salir del baño lleno de vapor. ¡En el gimnasio hacía un
frío que pelaba! Había bajado la temperatura para hacer deporte y ahora estaba
congelado.
—Hyukjae,
¿estás…?
La voz lo
cogió por sorpresa y se quedó inmóvil en medio del gimnasio. El corazón empezó
a latirle a gran velocidad cuando Donghae entró en la sala de máquinas con
total normalidad.
Mientras Donghae
le recorría con los ojos, él se estremeció esperando una mirada de repugnancia…
o algo peor. Las cicatrices que tenía en el pecho y el abdomen estaban a la
vista, algo que trataba de evitar por todos los medios posibles. Siempre las
ocultaba.
Mio -Capítulo 8
Todo bien?
Donghae
sonrió al leer el mensaje de Hyukjae. Se dirigía a Boah Place en coche con Kyuhyun,
que conducía muy serio. Llevaba varios días sin hablar con Boah y habían
quedado para tomar un café. Como su amiga no soportaba alejarse del
restaurante, Donghae solía pasarse un rato después de clase, cuando había menos
gente.
Contestó con
otro mensaje: Sí, papi. Todo va bien.
Era viernes,
casi había pasado una semana desde el incidente de la clínica. Hyukjae le
escribía a diario —varias veces, de hecho— para asegurarse de que todo iba
bien. Aunque le vacilara diciéndole que parecía un padre sobreprotector, en el
fondo le conmovía que se preocupara por su seguridad.
No habían
tenido contacto físico desde la noche del incidente de la clínica. Bromeaban y
charlaban, pero no follaban. Era como si a los dos les diera miedo que lo que
había ocurrido no se pudiera repetir. O quizá temían lo que pudiera pasar. Él sin
duda lo sentía así, pues jamás había vivido una experiencia tan intensa.
Volvió a
sonarle el teléfono.
Ten cuidado. Avísame cuando te marches. Ya estás
allí?
Llegando. A sus órdenes, señor.
Mio -Capítulo 7
—¿Cómo puedes
tener ese cuerpazo con todo lo que comes?
Al momento
quiso que se lo tragara la tierra. ¿Cómo se había atrevido a decirle eso? Era
el alcohol el que hablaba, no él.
«Autonota: A
partir de ahora no beberé más de una copa de vino y la rebajaré siempre con
agua».
Hyukjae lo
miró con picardía:
—¿Cuerpazo?
Donghae se
encogió de hombros. ¿Qué sentido tenía negar la verdad? Tenía un cuerpazo.
—Pues sí.
«Un cuerpazo
duro como una roca. Para caerse de culo. El cuerpo más sexy del planeta».
—Hago
ejercicio en el gimnasio que tengo en casa todos los días. Si te gusta mi
aspecto,
supongo que
el esfuerzo merece la pena —comentó con incredulidad. «¡Ya te digo! Merece
mucho la pena».
—Se nota
—respondió Donghae intentando que no se notara demasiado que estaba deseando
hacerle de todo—. Es uno de los motivos por los que mujeres como Jesica caen
rendidas a tus pies. No es el único, pero es una razón de peso.
«¡Mierda! ¿Lo
había dicho en voz alta? ¡Maldito alcohol! Tenía que aprender a morderse la
lengua».
Mio -Capítulo 6
Donghae
exhaló un leve suspiro y tomó un trago del vaso de plástico con la esperanza de
que el café le ayudara a concentrarse. Tuvo que tragar con fuerza porque el
líquido con sabor a quemado se resistía a pasar. Desvió la mirada hacia Leeteuk
y le dedicó una débil sonrisa.
—Creo que ya
queda poco.
Ya había
identificado a los dos sospechosos en las fotos de la ficha policial, a los dos
hombres que habían irrumpido en la clínica por la mañana y le habían exigido
medicamentos a punta de pistola.
En aquel
momento Leeteuk estaba en la sala de reconocimiento con un niño y su madre, y
no había visto a los hombres, pero Donghae los había observado bien de cerca.
Puso mala cara pensando que ojalá no lo hubiera hecho.
Se había
quedado solo en la sala de espera cuidando del otro hijo de la señora que
estaba en la consulta con Leeteuk. Donghae jamás olvidaría la mirada sin vida
de los hombres y sus rostros demacrados, reflejo de años de drogadicción. En ese
momento aterrador en el que no supo si aquellos segundos serían los últimos,
había bastado para acojonarle de verdad. Aun así, había cogido al niño y, tras
darle a un botón de emergencia que tenían bajo la mesa, había echado a correr
con él hasta una esquina de la sala, donde lo había protegido con su propio
cuerpo.
La alarma no
era precisamente silenciosa y el escándalo había bastado para que Leeteuk
saliera corriendo de la consulta y los hombres se esfumaran. Pero antes de
largarse a uno de ellos, que se había puesto muy nervioso, se le había
disparado el arma y la bala había pasado tan cerca de la cabeza de Donghae que
había sentido una ráfaga de aire en la mejilla.
Mío -Capítulo 5
Hyukjae lo
cogió en brazos y lo colocó en el centro de la cama tras quitar con brusquedad
la colcha y dejarla hecha un gurruño a los pies. Donghae se deslizó hacia la
parte superior y sintió la suavidad de la sábana de seda negra acariciándole el
trasero. Hyukjae se sentó en el borde, abrió el cajón de la mesilla y sacó
cuatro esposas forradas ensambladas con una cadena y un largo lazo de seda
negra.
—Sumisión
absoluta —susurró Donghae mientras apoyaba la cabeza en los almohadones de
seda.
—Sí —asintió Hyukjae
en voz baja mientras le recorría el cuerpo con una mirada hambrienta y lo
No tenía la
menor duda de que Hyukjae había repetido esta operación muchas veces: en menos
de un minuto lo tenía atada a la cama y abierto de piernas. Contempló con
curiosidad cada uno de los movimientos de Hyukjae, que recorría su cuerpo con
ojos voraces.
Le sorprendió
su propia forma de reaccionar: cuanto más indefenso se encontraba, cuantas más
partes de su cuerpo quedaban esposadas a la cama, más excitado estaba. Estar
atado de pies y manos para que él lo tomara a su antojo le ofrecía una libertad
que nunca había experimentado. No tenía que tomar decisiones ni preocuparse por
si él sentía placer o no. El amo era él y lo único que tenía que hacer era
esperar a ser complacido. Estar atado a su cama le resultaba tan erótico que
trató de balancear las caderas, pero las esposas se lo impidieron. No se hizo
daño, pero se dio cuenta de que apenas podía moverse y exhaló un gemido
sensual.
Mío -Capítulo 4
—¿Aquí te
sientes solo? —preguntó perplejo mientras sus ojos oscuros lo miraban
fijamente. Prosiguió con tono de preocupación—: ¿No te gusta vivir aquí?
—Sí, sí… La
casa es preciosa, Hyukjae. ¿Cómo no iba a estar feliz? —Tomó aire y trató de
explicarse mejor—. Es que estaba acostumbrado a no tener tiempo para pensar, a
no tener tiempo para mí. Lleva tiempo acostumbrarse a dejar de vivir a un ritmo
frenético.
—Más bien
suicida —repuso con cierta crispación—. Ese estilo de vida te estaba matando
por dentro, Donghae.
—Lo sé. Y de
verdad que te agradezco todo lo que estás haciendo por mí. En serio. Lo único
que pasa es que mi vida ha cambiado mucho —insistió para que no la tomara por
un desagradecido. Joder, si no fuera por su generosidad, ahora mismo estaría en
la calle, pero aun así…—. Me resultaría más agradable si pudiera pasar tiempo
aquí contigo.
—¿Quieres
pasar tiempo conmigo? —preguntó asombrado examinando el rostro de Donghae.
—Claro que
sí. Pero sé que estás muy liado y pensé que quizá me estabas evitando después…,bueno, después de…
—¿Después de
que te dijera que quería follarte? —preguntó sin andarse con rodeos, apresando
los ojos de Donghae con la mirada.
—Sí —susurró.
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