Yesung supo el momento en el que Wook se
perdió. Su mente se fue astillada en demasiados pedazos para contarlos.
«Lucha», le ordenó mientras intentaba
alimentarlo del poder que necesitaba para hacer eso.
«No te atrevas a darte por
vencido conmigo».
Pero ningun Wook había quedado, sólo el eco
vacío donde una vez había estado su esencia.
La pena se hinchó en él tan densa, que no
podía respirar. Wook se fue. Su dulce Wook estaba vivo, pero desgarrado en
pedazos.
Sooman había huido a lo largo de un corredor
oscuro, dos de sus guardias pisándole los talones.
Yesung iba a encontrarlo y
matarlo lentamente, desgarrar la carne de su cuerpo trozo a trozo antes de que
él lo viera freírse a sol.
Pero primero tenía que salir de esta maldita
jaula.
Golpeó los barrotes otra vez, sintiéndolos
vibrar, pero sin ceder ni un centímetro. Eran sólidos. Le llevaría semanas
escapar de aquí, asumiendo que viviera tanto tiempo.
Wook no lo haría. Todavía podía notar que
estaba vivo, ¿pero cuánto tiempo duraría eso? ¿Cuánto tiempo pasaría antes de
que se desangrara o uno de los demonios decidiera que la sangre no era
suficiente y fuera a por su carne, también?









