—No me lo puedo creer —susurró—. De todos
los hombres que hay en el mundo, tenía que quedarme embarazado del que más
odio. El único hombre al que juré destruir.
—Sungmin, por favor…
—¡No! —exclamó, apartándose de él—. ¡No me
toques!
Con eso, se dirigió hacia la puerta. Se
sentía desesperado por poder salir del dormitorio, lejos de las suaves sábanas
que aún seguían calientes por la pasión que ambos habían compartido, lejos del
aroma de Kyuhyun. Lejos de la inocente y explosiva alegría que había
experimentado unos instantes antes.
—No te culpo —susurró él a sus espaldas.
Estas palabras lo obligaron a detenerse—. Cuando descubrí que eras el hijo de Sanghyun,
ya sabía que me había enamorado de ti. Por eso te traje aquí a la isla. Pensaba
que si te mantenía a salvo, alejado del mundo, no recordarías. Recé para que no
lo hicieras nunca.
Sungmin se dio la vuelta para mirarlo.
—¿Para castigarme? —le preguntó. Sentía
ganas de gritar—. ¿Para reclamar tu victoria?
—Para ser tu esposo —admitió él—. Para
amarte durante el resto de mi vida.







