“Reza por no estar embarazado. Porque si lo estás te casarás conmigo, Sungmin”.
Kyuhyun apoyó los codos en el
escritorio y hundió el rostro entre las manos. Era idiota.
Minutos antes, lo había estado
mirando y pensando en lo delicioso que era. En cuánto le gustaba tenerlo en su
casa, en su vida. Pero cuando había mencionado “para siempre”, lo había
invadido un sudor frío.
Había comprendido que hacerle el
desayuno y jugar a las casitas con Sungmin era más que romper sus normas, era
convertirlas en polvo. Su padre había debido de sentir eso por su madre, y la
había aceptado cada vez que volvía. Kyuhyun se había jurado no permitirse esos
sentimientos, para no volverse débil como su padre. Pero Sungmin
no tenía la culpa.
Se había portado como un bruto y le
debía una disculpa. Una bien grande.










