Donghae se quedó aturdido en estado de
conmoción mientras Hyukjae caía al suelo. La rabia y el dolor se mezclaron
dentro, girando en una espesa y negra niebla por la cual no podía ver a través.
Tenía el cuerpo congelado, la voz atascada en el pecho. El dolor palpitaba
donde la daga había golpeado a Hyukjae, como si también le hubiera golpeado a él.
Sentía las piernas débiles, y la
necesidad de gritar burbujeó profundamente en el interior mientras sentía a Hyukjae
desvanecerse del mundo.
Seungki se arrojó el cuerpo inerte de Minki
sobre el hombro izquierdo.
—Trabaja rápido, Donghae —dijo—. Una vez
se haya ido, no tendrás ningún poder.
¿Poder? ¿Eso es lo que le preocupaba? Le
importaba una mierda el poder. Quería a Hyukjae. Para siempre.
Pero le había sido
arrancado, igual que su antigua vida. Todo lo que le importaba, todo lo que
siempre había querido para sí, le había sido arrebatado y reducido a cenizas a
los pies.

















