A la semana siguiente, Jian seguía intentando borrar de su mente el fin de semana. Sólo
tenía que fingir que lo vivido en Star Island no era más que una estúpida
fantasía, y entonces podría enfrentarse al hecho de que Lee Sang le había roto
el corazón.
No era real.
Nunca había sido real. Ese día no había ido a la oficina, sino que se había
quedado en casa, trabajando en sus diseños originales, ignorando las punzadas
de culpa cada vez que se acordaba de Ryeowook y de Donghae. A media tarde las
piernas se le empezaron a entumecer, así que se levantó de delante del
ordenador y fue a la cocina por el segundo donut.
De repente
oyó que llamaban a la puerta. Rápidamente dejó el donut en la caja y se limpió
el azúcar de las comisuras de los labios.
¿Sería Sang?
En ese caso no abriría la puerta. No lo haría. No tenía absolutamente nada que
decirle. Fue hacia la puerta. Miró por la mirilla. Era Taeho, cargado con una
enorme pizza y una botella de tequila.
–Pepperoni y
salchichas –le dijo al abrir la puerta, entrando directamente–. Espero que
tengas limas.


