Cuando llegó a casa aún estaba temblando
y casi enfermo del estómago por haberse embutido en un pantalón que le quedaba
una talla más grande cuando lo compró hacía un mes. Con un suspiro de alivio se
acarició la curva del abdomen.
No podía escapar a la evidencia: tendría
que usar ropa para embarazados en adelante. Tenía un par en el armario y, si se
hubiera puesto uno ese día, no se estaría preocupando de cómo le iba a dar la
noticia a Yesung. Se lo hubiera imaginado él sólito.
¡Yesung...! La sorpresa de verlo lo
invadió de nuevo. Al entrar en la oficina, lo primero que pensó había sido que
estaba sufriendo alucinaciones, resultado de demasiadas horas infructuosas
pensando en él. O quizá fuera otro hombre que se parecía a él.
Había caído en el mismo error cientos de
veces desde que abandonó la isla. Una espalda ancha, el movimiento de una
cabeza de cabello oscuro, incluso la leve cojera de un extraño habían sido
suficiente para que se le acelerara el pulso antes de que se percatara de su
error.










