Dos meses después
Yesung sonrió mientras entraba en su casa,
situada en el centro de Seúl. Oía correr el agua en la ducha y se imaginó a Ryeowook
desnudo, lo que lo llevó a deshacerse de la ropa a toda velocidad.
Mientras se aproximaba a la puerta del
baño, el deseo se hizo cada vez más patente en su anatomía. Sí, allí estaba,
lavándose el pelo, con los brazos levantados.
—¡Yesung! —exclamó Ryeowook asustado
cuando Yesung abrió la puerta de la ducha.
—Sí, soy yo... anda, déjame, que ya lo
hago yo...
A continuación, lo giró hacia sí, le
colocó las manos sobre su pecho enjabonado y comenzó a acariciarlo. Al
instante, sintió que Ryeowook se estremecía y se apretó contra él para que
sintiera su erección mientras pensaba que había tomado la decisión correcta al
convertirlo en su pareja.
La vida le sonreía.
Aquella misma noche, mientras cenaban, Ryeowook
miró a Yesung y pensó que cada día se estaba enamorando más de él y se estaba
dejando caer en un agujero oscuro que amenazaba con tragárselo.






