A los caballos causantes del
accidente los habían apartado unos pocos metros. Seguían enloquecidos, se
resistían a retroceder, golpeaban el suelo con los cascos. Un hombre,
probablemente el cochero, estaba de pie delante de los animales y, con los
brazos abiertos, trataba de contenerlos.
Decía a todos los que quisieran
escucharlo:
—He intentado detenerlos. Un chico
tiró un petardo, una niñería, pero los caballos se asustaron. ¡He intentado
detenerlos!
—No lo toque, señor —dijo alguien
detrás de Siwon.
—La ayuda está en camino, llegarán
en cualquier momento.
—Alguien ha ido a buscar un médico.
Dijo que conoce a uno que vive en la otra calle.
—Aún lo estoy viendo, los dos chicos
cruzaron la calle corriendo delante del coche descontrolado. Es una suerte que
no los atropellara a ambos.
—Yo también lo estoy viendo. Lo vi
y no podía quitarle los ojos de encima. Parecía un ángel. Y entonces
desapareció debajo de los caballos. Que los maten, digo yo. Nunca puedes fiarte
de un caballo asustadizo.
—Qué lástima, un joven tan guapo.









