Sirvieron la cena en el comedor.
Aunque la mesa estaba puesta para dos, Hyungsik no apareció. Minwoo apenas
comió y, poco después, pidió que lo condujeran a su camarote. Desesperado por
pasar el tiempo, llenó la bañera en el impresionante cuarto de baño de mármol.
Acababa de meterse en el agua perfumada cuando la puerta se abrió y Hyungsik
apareció en el umbral.
Tenía el cabello revuelto, una
sombra de barba en el mentón y la camisa colgando suelta, fuera de los
pantalones vaqueros. Su atractivo aspecto de chico malo hizo que su corazón
brincara. Se incorporó y pegó las rodillas al pecho.
—Lo siento… —dijo él con aspereza.
Esas dos palabras fueron como un
cuchillo que se clavara entre sus costillas, no sabía qué llegaría a
continuación. Tenía presentimientos negativos y esperaba malas noticias. Se
preguntó si él se disculpaba porque se sentía incapaz de convivir con un joven reconocido
públicamente como ladrón convicto.
—No sé qué decirte —Hyungsik alzó
un hombro.
Minwoo siguió paralizado en la
bañera, como una estatua de hielo, el miedo le erizó la piel.










