—¿Qué puedo decir? —preguntó
Hyungsik con voz profunda y aterciopelada como un buen vino maduro. Abrió sus
gráciles y morenas manos—. No suelo quedarme sin palabras, pero no sé que
decirte…
—Créeme, ¡si hay algo que no me
falta ahora mismo, son palabras! — interrumpió Minwoo—. ¿Cómo te atreves a
ponerme en una situación en la que no me quedó más remedio que venir a verte?
Me gustaba mi trabajo. Pero lo que has hecho hoy, pedirle al jefe que me dejara
salir, ¡es equivalente a un suicidio profesional!
—Necesitaba verte y lo pedí con
educación. No exageres.
—No estoy exagerando —sus ojos
chispeaban de indignación—. No sabía que eras propietario de la agencia
publicitaria, además de la agencia de empleo. Una petición del director
ejecutivo equivale a una orden. ¡Ahora que es obvio que tenemos algún tipo de
vínculo personal, me convertiré en un apestado! Después de esto, nadie volverá
a tomarme en serio y mis colegas contarán los días hasta que acabe mi contrato
temporal.
Hyungsik soltó el aire con un
siseo prolongado.
—Las cosas no son tan simples
—cerró los delicados puños con frustración—. ¿Eso es todo lo que tienes que
decir?
—No. Tenía que verte hoy para
pedirte disculpas —sus ojos astutos no parpadearon—. Mi reloj no fue robado,
estaba en otro sitio. Por favor, acepta mis sinceras disculpas por acusarte de
algo que no hiciste.
El cambio de tema y saber que
había recuperado el reloj distrajeron a Minwoo, que frunció las cejas.
—Pero hay algo que no entiendo
—siguió Hyungsik, moviendo su atractiva cabeza—. ¿Por qué diablos admitiste
haberlo robado?
—¿Qué otra cosa podía hacer? ¡No
me creíste cuando te dije que no lo había hecho!
—No insististe en afirmar tu
inocencia mucho tiempo. Cuando me ofreciste jugar una partida a cambio del
reloj, lo tomé como una confesión de culpabilidad y actué en consecuencia.
—Actuaste de forma penosa —la ira
tiñó de rojo los pómulos de Minwoo.
—No soy un blandengue. Si me
ofenden, respondo. Las circunstancias no estaban a tu favor. Eres un ladrón convicto
y eso influyó en mi juicio —se defendió Hyungsik sin titubear—. Pero si no me
hubieras retado a la partida en esos términos, anoche no me habría acostado
contigo.
—Es decir, ¿a pesar de que me
pides disculpas, todo es culpa mía? — Minwoo se estremeció de ira.
—Eso no es lo que he dicho. He
despedido a mi jefe de seguridad por este incidente…
—¿Al ex policía? ¿Lo has despedido
por llegar a la misma conclusión que tú? —interpuso Minwoo con desagrado—.
¿Cómo puedes ser tan injusto?
—¿Injusto? —desconcertado por su
reacción, Hyungsik tomó aire—. ¿Por qué?
—A diferencia de ti, ese hombre ni
me había visto ni me conocía personalmente. Sólo estaba haciendo su trabajo.
Deberías culparte a ti mismo por juzgarme mal, no a él.
—Me sorprende tu compasión por Taehoon.
¿Por qué no comentamos nuestras diferencias mientras comemos?
—¡Tendría que estar muriéndome de
hambre para comer contigo! — le espetó Minwoo.
—Adoro tu pasión, pero no me gusta
el drama, cara.
Minwoo sintió una intensa
frustración, se sentía como estuviera estrellándose contra una pared de
granito. Todo rebotaba en él. Su cólera e ira se incrementaban cada vez que era
incapaz de traspasar esa fachada de hielo.
—Anoche tenía miedo de que
llamaras a la policía. Me aterrorizaba volver a acabar en la cárcel. Es la
única razón por la que me acosté contigo y te odio por ello…
—Estás enfadado conmigo. Lo acepto
y estoy dispuesto a compensarte en la medida en que pueda. Pero no acepto que
compartieras mi cama sólo por miedo.
—¡Debí haber sabido que dirías
eso! —rugió Minwoo.
—Ambos sabemos que es falso
—Hyungsik posó en él sus chispeantes ojos, retándolo y abrasándolo con la
mirada.
El ambiente era pura electricidad.
Minwoo estaba tan tenso que le
dolían los músculos. El corazón le golpeteaba en el pecho. Tragó aire.
—No me digas qué es lo que yo sé.
—Entonces, admite lo obvio. La
química sexual entre nosotros es muy fuerte. ¿No sabes lo poco común que es
sentir tanta excitación sólo con estar en la misma habitación con una persona?
—murmuró él.
—Eso no importa —a Minwoo le
temblaban las piernas. Volvía a sentir mariposas en el estómago y se le había
secado la boca.
—Siempre importa.
Sus ojos se encontraron y sintió
que su mirada erótica y depredadora lo taladraba. Sintió un cosquilleo. Recordó
el sabor y la urgencia de su boca devorándole. Cerró los puños a la defensiva.
La excitación era como una droga peligrosa en sus venas, un potente despertar
sensual. Se estremeció y luchó contra esa debilidad con todas sus fuerzas,
dejando que la ira volviera a aflorar.
—No quiero volver a tener nada que
ver contigo…
—Pero si te tocara ahora, te
encenderías en mis brazos, delizia mia — aseguró Hyungsik.
—¡Ni pienses en acercarte tanto!
—reaccionó Minwoo—. No soy idiota. Sé lo que piensas de mí. Hoy te has dado
mucha prisa en recordarme que soy un ladrón convicto. Lo dijiste en la misma
frase en la que me pedías disculpas por acusarme de robar tu reloj.
—No voy a mentir ni recurrir a
evasivas —Hyungsik lo miró sin ápice de arrepentimiento—. ¿Qué quieres que
opine sobre tu historial? No es aceptable. ¿Cómo podría serlo?
A Minwoo le asombró sentir el
ardor de las lágrimas en el fondo de los ojos. No era dado a los lloros, pero
cuando estaba con él sus emociones se convertían en un caos y perdía la
racionalidad. Se preguntó cómo reaccionaría él al saber que, a pesar de su
vergonzoso historial, había concebido un hijo suyo. En ese momento, se sentía
incapaz de enfrentarse a la idea de esa humillación. Clavó la mirada en el
balcón.
—Espero que alguien me lleve de
vuelta al trabajo —dijo—. Sólo tengo una hora para comer, y ya voy con retraso.
—Quiero que te quedes —dijo
Hyungsik.
—No siempre podrás conseguir lo
que quieres —Minwoo estaba intentando controlar los pensamientos y emociones
que le asaltaban sin descanso—. Las cosas se han complicado más de lo que
sabes.
—¿Qué cosas? —su rostro se tensó
con impaciencia.
Minwoo pensó, con amargura, que
para él sólo tenía utilidad sexual. Sin duda, la facilidad de su conquista
había dado alas a esa actitud y no podía culparlo por completo de ello. Aun
así, el fondo del asunto era que él tenía la arrogancia, riqueza y privilegios
de la sangre azul, y a sus ojos un ladrón convicto era lo peor de lo peor. Eso
no cambiaría nunca. Se preguntó por qué estaba evitando decirle que estaba
embarazado, el paso del tiempo no alteraría la situación. De hecho, darle las
malas noticias para que se fuera haciendo a la idea seguramente sería lo más
digno.
—Estoy embarazado —afirmó, sereno—.
Me hice la prueba en casa esta mañana.
Siguió un silencio como un pozo
sin fondo. Absoluto y aparentemente interminable.
Hyungsik había velado sus ojos al
oírlo. Su piel había adquirido un tono ceniciento, que Minwoo achacó al
impacto. Pero fue la única reacción visible, su discreción y autocontrol
ganaron la partida.
—Un médico tendrá que certificar
el resultado —dijo con voz plana—.Lo organizaré ahora mismo.
Desconcertado por su calma y
frialdad, Minwoo asintió. Él ya estaba al teléfono y minutos después le dijo
que había concertado una cita médica privada.
—Si se confirma, ¿has pensado en
lo que quieres hacer? —inquirió Hyungsik.
—No quiero ponerle fin —dijo con
voz tensa, pensando que era justo decírselo. Se había puesto aún más nervioso
al ver en acción a un hombre que prefería resolver los problemas de inmediato.
—No iba a sugerir esa opción
—afirmó Hyungsik, acompañándolo a la puerta de la suite. Minwoo pensó que, por
lo visto, el almuerzo había quedado descartado.
—No hace falta que me acompañes al
médico —le dijo, ya en el ascensor.
—Estamos juntos en esto.
—El médico puede confirmar el
resultado. Es lo único que necesitas saber de momento.
—Intentaba apoyarte.
Minwoo se encogió de hombros,
resistiéndose a ceder. No se fiaba de él. No quería sentirse presionado. El
mismo hecho de que no hubiera expresado sus sentimientos respecto al embarazo lo
había llevado a alzar la guardia de nuevo.
—Entonces te veré esta noche
—concedió Hyungsik.
—Me gustaría tener unos días para
pensar en esto.
—¿Cuántos días? —Hyungsik puso una
mano sobre la suya cuando sólo recibió silencio como respuesta—. Minwoo…
—insistió.
—Yo te llamaré —liberó sus dedos,
dispuesto a poner límites por el bien de los dos. Aunque él no expresó su
disconformidad, resultó palpable en la frialdad del ambiente.
Poco más de una hora después, el
amable ginecólogo de mediana edad confirmó que estaba embarazado y además le
advirtió que estaba por debajo de su peso. Una enfermera le entregó una serie
de folletos informativos. En ese momento, la nueva vida que Minwoo llevaba en
su interior empezó a parecerle real. De vuelta en la agencia de publicidad,
intentó no prestar atención a las miradas curiosas ni a los súbitos silencios
de sus compañeros cuando pasaba a su lado. A propósito, se quedó hasta tarde
para recuperar el tiempo perdido a la hora del almuerzo.
Cuando llegó al trabajo la mañana
siguiente, había una colorida revista semanal sobre su silla. Abierta y doblada
por la página relevante, mostraba a Hyungsik saliendo de un club de Nueva York
con un famoso joven actor que se aferraba a él.
El artículo afirmaba que el joven estaba
muy encandilado con su último amante. Con la garganta tan tensa que le dolía y
el ánimo por los suelos, Minwoo forzó una sonrisa y tiró la revista a la
papelera. Estaba claro. Alguien le había hecho un favor llamando su atención
sobre la foto. Sin duda había servido para poner fin a cualquier expectativa
romántica que hubiera podido tener. Podía estar esperando el hijo de Park Hyungsik,
pero cualquier futuro en su relación se limitaba a eso.
Esa tarde, cuando Minwoo se tomó
su descanso en la cafetería, se lo contó todo a Joonyoung. Durante la
confesión, su amigo hizo varios comentarios bruscos con respecto a Hyungsik y lo
abrazó.
—Quedarse embarazado no es el fin
del mundo, así que deja de hablar como si lo fuera…
—Estoy aterrado… —Minwoo tragó
saliva.
—Es por la sorpresa. Por no hablar
del susto que Park Hyungsik te dio al asumir que habías robado su reloj
—masculló Joonyoung con los labios prietos—. Cuando pienso en cuánto has
sufrido ya, su actitud hace que me hierva la sangre.
—Al menos fue sincero —concedió
Minwoo—. Pero lo odio por ello. No es muy justo, ¿verdad?
—Olvídate de él. Me preocupas más
tú.
—¿Por qué lloro todo el tiempo?
—se lamentó Minwoo, llevándose un pañuelo a los ojos.
—Son las hormonas —contestó Joonyoung.
Durante las cuarenta y ocho horas
siguientes, Minwoo descubrió dos llamadas perdidas en su móvil y lo apagó, no
quería hablar con él. Esa tarde recibió la inesperada visita de Kim Taehoon en
su estudio.
—Me gustaría hablar contigo.
¿Podrías concederme cinco minutos? — preguntó el ex oficial de policía.
Pálido e inquieto, Minwoo asintió.
—El señor Park me ha devuelto mi
puesto como jefe de seguridad —apuntó Taehoon—. Entiendo que debo agradecértelo
a ti.
—Yo sólo le dije que no era justo
culparte por juzgarme mal sin conocerme —dijo Minwoo, asombrado.
—Dadas las circunstancias, fue muy
generoso por tu parte —le dijo el hombre con voz cálida—. Quería darte las
gracias y decirte que, si alguna vez necesitas mi ayuda, no dudes en pedírmela.
Esa noche Minwoo se acostó
sintiéndose algo más alegre y menos avergonzado de un pasado que no podía
cambiar. El día siguiente era sábado y estaba sirviendo desayunos en la
cafetería cuando entró Hyungsik. Recorrió la sala con los ojos y los clavó en él.
Durante un segundo, sintió la instantánea y poderosa excitación que recorría su
cuerpo cada vez que lo veía. Su rostro se encendió y corrió a la cocina.
—¿Minwoo? —Joonyoung asomó la
cabeza por la puerta—. Hoy tendremos que apañarnos sin ti. Deja que Hyungsik te
lleve a casa.
—Joonyoung, yo…
—Alguna vez tendrás que hablar con
él.
Minwoo admitió que eso era cierto.
Pero también implicaba controlar su deseo de decirle a Hyungsik exactamente lo
que pensaba de sus hábitos de playboy empedernido. Se dijo que con un bebé en
camino, tenía que plantearse las cosas a largo plazo. Hyungsik era soltero y
podía hacer lo que quisiera. Su embarazo había sido accidental. Ya que la
relación íntima entre ellos había concluido, lo más razonable era establecer un
vínculo civilizado con el padre de su futuro hijo. Tras darse ese pequeño
discurso de ánimo, salió a la cafetería con su bolso y su chaqueta.
Hyungsik, la viva imagen de la
elegancia con su traje ejecutivo negro y una corbata de seda dorada, esperaba
junto a la caja registradora, completamente fuera de lugar en ese ambiente.
Había un guardaespaldas en la puerta y dos más fuera, en la acera.
Hyungsik estudió a Minwoo con ojos
atentos. Delgado, pálido, parecía un adolescente. Sin embargo, nada de eso
disminuía el poder de su hechizadora belleza.
—Se suponía que ibas a esperar a
que yo te llamara —se quejó Minwoo mientras subía a la limusina.
—Ése no es mi estilo —murmuró
Hyungsik con voz ronca—. Tienes que recoger tu pasaporte, esta mañana volamos a
Hong Kong.
—¿Hong Kong? —el forzado aire de
indiferencia de Minwoo se disipó por completo—. ¿Es una broma?
—No.
—Pero ir tan lejos por un día
cuando debería estar trabajando… —su voz se apagó, porque cuando pensó en ello,
le encantó la idea.
—¿Por qué no? —Hyungsik alzó una
fina ceja—. Tenemos que hablar y estás estresado. Me gustaría que hoy te
relajaras.
El opulento interior del avión
privado de Hyungsik dejó a Minwoo sin respiración. La cabina central tenía
acogedoras zonas de asientos y estaba decorada con arte moderno. También había
un despacho hecho a medida, un cine y varios dormitorios con cuarto de baño.
Vestida con una chaqueta de pana y pantalones vaqueros, se sentía bastante fuera
de lugar.
—Vaya donde vaya, tengo que poder
trabajar. Paso mucho tiempo de viaje y suelo ir acompañado por varios ayudantes
—explicó Hyungsik mientras degustaban la deliciosa comida que había preparado
su chef personal.
Cuando terminaron de comer, el
avión se preparaba para el aterrizaje, era un vuelo corto.
—¿Por qué Hong Kong? —preguntó
Minwoo en la limusina que los alejaba del bullicio del aeropuerto.
—Tiene una legislación de prensa
estricta. Muchas figuras públicas se sienten menos acosadas por los medios
aquí, es más fácil tener una vida privada —explicó Hyungsik.
—¿Y adónde vamos?
—Es una sorpresa, agradable,
espero, cara mia.
Su destino era una de las zonas
residenciales más exclusivas de Hong Kong. Minwoo, cada vez más curioso, siguió
a Hyungsik al interior. El sol entraba a raudales por los altos ventanales,
iluminando un elegante vestíbulo y una escalera. La decoración era de estilo
contemporáneo.
—Explora cuanto quieras —ofreció
Hyungsik.
—¿Qué pasa aquí? —Minwoo no ocultó
su desconcierto—. ¿Por qué me has traído a esta casa?
—He comprado esta casa para ti.
Quiero que críes aquí a mi hijo.
A Minwoo lo anonadó el concepto y
la forma de expresarlo. Mi hijo, no nuestro hijo. Se esforzó por tomar esa
distinción como una señal positiva de su deseo de involucrarse en el futuro del
bebé. Movió la cabeza lentamente y su precioso cabello chispeó como metal bruñido
bajo la luz del sol. Sus ojos se agrandaron de incredulidad.
—¿Quieres que me traslade a otro
país y que viva dependiendo de ti? ¿Esperas que aplauda de emoción o algo así?
—Déjame explicarte cómo lo veo yo
—urgió Hyungsik.
Minwoo se tragó una retahíla sobre
su arrogancia y audacia. Comprendía que supuestamente debía estar impresionado
por aquella sorpresa que debía haberle costado millones.
Tal vez pensaba que había sido
hábil, generoso y creativo ante una situación difícil. Tal vez creía que él era
un problema que solucionaría con una lluvia de dinero. Aun así, se sentía
humillado y ofendido; una vez más, Hyungsik había subrayado las diferencias
económicas, de clase y estatus que había entre ellos y optado por decidir por él.
—¿Te apetece una copa de vino?
—sugirió Hyungsik, señalando la botella que había sobre la mesa—. Es un
Brunello clásico de los viñedos Zea, que han pertenecido a los Park desde hace
siglos.
—Estoy embarazado… —apretó los
labios—, beber alcohol no es buena idea —explicó al ver que él lo miraba con
desconcierto—. ¿Es que no sabes nada de embarazados?
—¿Por qué iba a saberlo? —Hyungsik
arrugó la frente.
—Dime por qué opinas que sería
buena idea que me trasladara a China —Minwoo se cruzó de brazos.
—Si sigues en Seúl, siempre te
seguirá el fantasma de tu pasado.
—Te refieres a mi estancia en la
cárcel —se le encogió el estómago de incomodidad y tensión.
—Con mi ayuda, puedes rescribir
esa historia y enterrar tu pasado — Hyungsik lo escrutó con sus ojos oscuros—.
Puedes cambiar de nombre y emprender una nueva vida. Sería una segunda
oportunidad para ti y también ofrecería un pasado menos problemático para mi
hijo.
A Minwoo le dolió su sinceridad, inspiró
con fuerza y se acercó a la ventana. Se estaba clavando las uñas en la palma de
la mano para intentar mantener la compostura.
—¿Y crees que eso es lo que
debería hacer?
—Si sigues en Seúl,
inevitablemente, la prensa se hará eco de nuestra relación. Una vez que ese
genio salga de la lámpara, no habrá manera de volver a ocultarlo.
—Te he escuchado, y ahora tendrás
que escucharme tú a mí —Minwoo giró hacia él con brusquedad—. Fui a la cárcel
por un delito que no cometí. No robé esa jarrita ni ninguna otra de las piezas
que desaparecieron de la colección de la señora Do.
Hyungsik, con ojos oscuros como la
noche, fríos e inescrutables, soltó el aire con un siseo.
—Cometiste un error. Eras joven y
no tenías una familia que te apoyara. Dejemos eso atrás y sigamos adelante con
el nuevo reto que se nos presenta.
Minwoo palideció y lo miró con
fijeza. Le hería su negativa a considerar siquiera su posible inocencia.
—¿Ni siquiera eres capaz de
escucharme con justicia?
—Eso ya lo hizo un tribunal, con
juez y jurados, hace cuatro años.
Mortalmente pálido, Minwoo desvió
la vista, sintiéndose como si la hubiera abofeteado. Había intentado abrir una
puerta y él la había cerrado en sus narices, echando el cerrojo para más
seguridad. Se negaba a escuchar su alegación de inocencia. No tenía interés en
su historia porque estaba convencido de su culpabilidad.
—A mí me preocupa el futuro
—aseveró Hyungsik—. No cambiemos de tema.
—Yo no te importo, excepto en
cuanto a que quieres controlar mis movimientos sin ofrecer ningún compromiso a
cambio —sus vividos ojos chocaron con los de él, destellando ira.
—Esta casa supone un compromiso
por mi parte. Piensa en la vida que llevarías aquí —Hyungsik se acercó y agarró
sus tensas manos—. Un nuevo principio, sin preocupaciones económicas y lo mejor
de todo para ti y para tu hijo. ¿Por qué discutes sobre esto? Es necesario
solucionar estas cosas prácticas antes de ocuparnos de un ángulo más personal.
—Te dije que nunca aceptaría la
opción «estilo de vida lucrativo» —su voz tembló porque estaba haciendo acopio
de voluntad para alejarse de él. A pesar de que todos sus sentidos anhelaban el
contacto físico, incluso si sólo era la viril calidez de sus manos. Era un puro
caos, deseaba hacer lo correcto y la aterrorizaba tomar la decisión errónea.
—Nunca debí hacer ese comentario,
delizia mia. Estaba tenso y agresivo sin razón en ese momento. Ahora llevas
dentro un hijo mío. ¿Quién sino yo iba a cuidar de ti?
Hyungsik estaba tan cerca que
Minwoo podía ver el anillo de bronce oscuro que rodeaba su iris y acentuaba la
oscuridad de sus pupilas, las negras y rectas pestañas que conferían a su
mirada una profundidad impactante y llena de hechizo.
Se debatía entre una mezcla de
rechazo y dolor. Y su deseo por él le quitaba el aire. Sabía que la euforia que
le provocaba su cercanía amenazaba con adormecer sus neuronas, hasta el punto
de dejar de pensar. No era el mejor momento para comprender que lo que sentía
por Park Hyungsik era mucho más profundo de lo que había querido admitir.
—Minwoo —musitó Hyungsik con un
tono que era pura seducción depredadora.
—Escucha, ni siquiera he decidido
si voy a quedarme con el bebé —se obligó a decir Minwoo, esforzándose por
controlar el rumbo de sus pensamientos.
—¿Qué quieres decir con eso?
—Hyungsik, helado de sorpresa, apretó sus muñecas.
—Aún podría optar por darlo en
adopción… —Minwoo, con expresión defensiva e inquieta, liberó sus manos.
—¿Adopción? —la palabra y el
concepto devastaron a Hyungsik.
—Yo fui adoptado y tuve una
infancia muy feliz. Si no estoy seguro de poder proporcionarle lo mismo a mi
bebé, me plantearé la adopción como posibilidad. ¡Una cosa sí tengo clara!
—exclamó Minwoo con emoción—. ¡Esto no se trata de casas, apariencias y dinero!
Ni tampoco de lo que tú quieras. Se traga de mi capacidad de amar y cuidar de
mi bebé.
—Desde luego —afirmó él con el rostro
tenso—. Pero no estarás solo. Contarás con mi apoyo.
—No estarás aquí para lo difícil.
Vendrás de visita cuando te convenga. ¿No entiendes que no quiero depender de
tu mundo? No quiero que pagues mis facturas y me digas qué hacer a cada paso…
—No sería así.
—¿No? —lo retó Minwoo—. Entonces
¿podría vivir aquí con otro hombre si me enamorase de uno?
Los ojos de él destellaron. Le
sorprendió la hostilidad y desagrado que le provocaba esa idea.
—Es obvio que no. Esperarías que
viviera como un monje…
—O que te conformaras conmigo.
—Ah… —Minwoo se estremeció y la
ira tensó su espalda como un muelle a punto de saltar—. Así que no sólo
pretendes ser padre a tiempo parcial. El acuerdo también implicaría ciertas
obligaciones sexuales.
—Eso es un comentario de muy mal
gusto. No puedo predecir el futuro. No sé hacia dónde nos encaminamos —Hyungsik
alzó un hombro con un gesto sofisticado. Era puro ardor de sangre italiana,
pero también frío como el hielo cuando se sentía presionado.
—Sabes exactamente hacia dónde nos
encaminaríamos: a ningún sitio —dictaminó Minwoo, tembloroso—. Por lo que sé,
nunca has tenido una relación duradera. ¡Y no vas a romper tus costumbres por
un ladrón convicto!
Hyungsik lo acorraló entre la
ventana y la pared y lo estudió con ojos destellantes de sensualidad.
—¿Incluso si no puedo quitarte las
manos de encima ni cuando me irritas como un diablo, delizia mia?
Pero Minwoo tenía demasiado miedo
de su magnetismo para bajar la guardia un solo segundo.
—¿Le dijiste lo mismo al joven
actor de Nueva York? ¿O él era digno de un enfoque menos crítico?
—No sigas por ahí —aconsejó él con
expresión impasible. El brillo travieso de sus ojos había desaparecido—. No doy
razones a ninguna pareja.
—Entonces, ¿por qué tienes la cara
dura de exigirme nada a mí? — Minwoo estaba tan agitado que temblaba de arriba abajo—.
¡Me niego rotundamente a ser un sucio secreto en tu vida!
—No te he pedido que lo fueras
—sus ojos se encendieron como llamas de oro.
—Sí lo has hecho. Te avergüenzas
de mí pero sigues queriendo acostarte conmigo. Nunca aceptaré eso. Has malgastado
mi tiempo y el tuyo trayéndome aquí —escupió Minwoo con furia, yendo hacia la
puerta—. Quiero volver a Seúl.
—Esto es infantil, bellezza mía.
—No, estoy siendo sensato —refutó
Minwoo, temiendo que su ira se debilitara.
—Tenemos que llegar a un acuerdo
de futuro.
—No puedo hablar contigo mientras
me sienta así —Minwoo lo miró de arriba abajo con frialdad—. Tal vez podríamos
hablar por teléfono dentro de unos meses.
—¿Unos meses? —rugió Hyungsik
incrédulo—. ¡Me necesitas ahora!
—No, no es así.
—Santa Madre… ¡ni siquiera te
estás cuidando! —condenó Hyungsik de repente—. ¿Cuántas horas trabajas al día?
No puedes realizar dos trabajos estando embarazado sin perder la salud.
—Me las apañaré —Minwoo le lanzó
una mirada gélida—. Aprendí hace mucho tiempo a no confiar en ningún hombre.
—¿Quién te enseñó eso?
—El amor de mi vida… Ekyun —su
deliciosa boca rosada se curvó con amargura—. Crecimos puerta con puerta.
Habría hecho cualquier cosa por él. Pero no me ayudó en absoluto cuando estuve
en una situación difícil, y tú serás igual…
—Estoy haciendo cuanto está en mi
mano para apoyarte —gritó Hyungsik, enojado.
—No, estás lanzándome dinero e
intentando trasladarme a un país extranjero donde hay menos posibilidades de
que te avergüence. Si eso es lo que llamas apoyo, ¡puedes guardártelo! —Minwoo
estiró la mano hacia la puerta para poner fin a la confrontación.
—¡Joven de Diablo! ¿Y esto?
¿También te conformarás sin esto? — Hyungsik lo atrapó con sus brazos y aplastó
su boca con un beso apasionado y devastador.
Introdujo una mano entre su
cabello cobrizo para sujetarlo y apretó su esbelto cuerpo contra el suyo.
Consciente de su excitación masculina y del tronar de su corazón, Minwoo se
estremeció entre sus brazos y devolvió cada uno de sus besos con un hambre
fiera, ardiente y letal. Pero nada podía paliar la tristeza que sentía en su
corazón. Cuando por fin lo soltó, se dejó caer contra la pared.
—Se suponía que iba a beber la
clásica copa de vino y subir al dormitorio para celebrarlo contigo, ¿verdad?
—Minwoo seguía luchando, aunque le temblaban las rodillas—. Pero no estoy tan
desesperado como para tener que compartir a un hombre, ¡y nunca lo estaré!
Hyungsik ya había abierto el
teléfono. No se molestó en contestar. Su distanciamiento fue tan efectivo como
una pared invisible. El silencio era sofocante. Minwoo se sintió apartado,
rechazado, y no pudo soportarlo.
Aunque estaba tan enfadado con él
que habría gritado de ira, deseaba volver a estar entre sus brazos. Él abrió la
puerta. Minwoo le concedió un segundo para hablar. No dijo nada. Ni tampoco le
impidió salir.
—Te odio… de verdad, te odio
muchísimo —susurró con fiereza antes de salir. En ese momento lo decía
totalmente en serio.
La puerta se cerró a su espalda
sin siquiera un atisbo de portazo.
Consciente de que los
guardaespaldas de Hyungsik vigilaban cada uno de sus movimientos y debían estar
preguntándose por qué se marchaba solo diez minutos después de llegar, Minwoo
intentó ofrecer un aire de compostura. De repente, en la casa se oyó el
inconfundible ruido de cristal estallando en pedazos. Se preguntó si habría sido
la botella de vino de reserva al chocar contra la chimenea. Enderezó los
hombros y alzó la barbilla. Con ojos brillantes de satisfacción y paso seguro,
fue hacia el coche que la esperaba.
OMG!!! Esto se pone cada vez más uno. Hyungsik es un idiota y cerrado. No lo quiere escuchar.
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