— ¿Que no puedes qué?
— Tener un orgasmo.
Donghae abrió la boca, atónito. ¿Estaría diciendo la
verdad? De todos modos, sus ojos tenían una expresión mortalmente seria.
— Es parte de la maldición —le explicó él—. Puedo darte
placer, pero si me tocas justo ahora, sólo conseguirás hacerme más daño.
Sufriendo por él, le acarició la mejilla
— Entonces, ¿por qué…?
— Porque quería hacerlo.
No lo creía. No. Apartó la mano de su rostro y miró hacia
otro lado.
— Querrás decir porque tenías que hacerlo. Por la
maldición también, ¿no es cierto?
Él le cogió por la barbilla y lo obligó a mirarle a los
ojos.
— No. Estoy luchando contra la maldición, si no fuese
así, estaría dentro de ti ahora mismo.
— No lo entiendo.
— Yo tampoco —le confesó mirándola a los ojos, como si
buscase en él la respuesta—. Acuéstate conmigo —susurró—. Por favor.
Donghae hizo una mueca de dolor ante el sufrimiento que
destilaba aquella sencilla petición. Su pobre Hyukjae. ¿Qué le habían hecho?
¿Cómo podían hacerle eso a alguien como él?
Hyukjae cogió el libro y se lo dio a Donghae.
— Léeme.
Abrió el cuento mientras él colocaba las almohadas en el
cabecero de la cama.
Se estiró en el colchón e hizo que Donghae se tumbara a
su lado. Sin decir una sola palabra, tiró de la manta y lo rodeó en un tierno
gesto con su brazo.
Estuvieron así durante una hora.
— Me encanta tu voz. Tu forma de hablar —le dijo mientras
Donghae se detenía para pasar una página.
Él sonrió.
— Debo decir lo mismo de ti. Tienes la voz más
cautivadora que he escuchado jamás.
Hyukjae le quitó el libro de las manos y lo dejó sobre la
mesita de noche. Donghae alzó la mirada hasta sus ojos. El deseo los hacía más
brillantes, y le contemplaba con un anhelo que lo dejó sin respiración.
Entonces, para su asombro, lo besó suavemente en la punta
de la nariz.
Alargó el brazo, cogió el mando a distancia y bajó las
luces hasta dejar la habitación en penumbra. Donghae no sabía qué decir
mientras Hyukjae se acurrucaba tras él y lo abrazaba por la espalda.
Hyukjae apoyó la cabeza en la almohada, al lado de la
suya.
— Me encanta tu olor —le susurró, abrazándolo con fuerza.
— Gracias —respondió en un murmullo.
No estaba seguro, pero le daba la impresión de que
Hyukjae sonreía. Se acurrucó aún más, acercándose a la calidez de su cuerpo,
pero los vaqueros le rasparon las piernas.
— ¿No estás incómodo vestido? ¿No deberías cambiarte de
ropa?
— No —contestó tranquilamente—. De este modo, sé que mi
cucharilla permanecerá alejada de tu…
— Ni se te ocurra decirlo —dijo con una carcajada—. No te
ofendas, pero tu hermano es asqueroso.
— Sabía que había una razón para que me gustaras tanto.
Donghae le quitó el mando a distancia de las manos.
— Buenas noches, Hyukjae.
— Buenas noches, cariño.
Donghae apagó la luz.
Al instante, notó cómo Hyukjae se tensaba. Su respiración
se convirtió en un jadeo entrecortado y se apartó de él.
— ¿Hyukjae?
Él no contestó.
Preocupado, Donghae encendió la luz para poder verle. Se abrazaba
con fuerza el torso, con los brazos cruzados sobre el pecho. Tenía la frente
cubierta de sudor y una mirada aterrada y salvaje mientras se esforzaba por
respirar.
— ¿Hyukjae?
Él observó la habitación como si acabara de despertar de
una pesadilla espantosa. Donghae vio cómo alzaba un brazo y colocaba la mano en
la pared, para asegurarse que todo era real, no una alucinación.
Se humedeció los labios, se pasó la mano por el pecho y
tragó saliva. Y entonces, Donghae lo entendió.
La oscuridad. Por eso no había apagado las luces, sino
que había bajado la intensidad.
— Lo siento Hyukjae, no lo sabía.
Él seguía sin hablar.
Donghae lo abrazó, sorprendido de que un hombre tan
fuerte buscase consuelo como si no pudiese hacer otra cosa. Hyukjae apoyó la
cabeza sobre su pecho.
Con los dientes apretados, Donghae sintió que los ojos se
le llenaban de lágrimas. Y en ese instante supo que jamás le dejaría regresar a
ese libro. Nunca.
De algún modo, romperían la maldición. Y, cuando todo
hubiese acabado, esperaba que Hyukjae pudiese vengarse del responsable de su
sufrimiento.
Donghae permaneció inmóvil durante horas, escuchando la
respiración tranquila y acompasada de Hyukjae, mientras dormía a su lado. Había
colocado una pierna entre las suyas y le rodeaba la cintura con un brazo.
La sensación de su cuerpo, envolviéndolo, le hacía
palpitar de deseo. Nadie le había hecho sentirse así jamás. Tan querido, tan
seguro.
Tan deseable.
Y se preguntaba cómo era posible, teniendo en cuenta que
apenas se conocían. Hyukjae llegaba a una parte de su interior que iba más allá
del mero deseo físico.
Era tan fuerte, tan autoritario… Y tan divertido. Le
hacía reír y le encogía el corazón.
Alargó el brazo y pasó los dedos con suavidad por la mano
que tenía colocada justo bajo su barbilla. Tenía unas manos preciosas. Largas y
ahusadas. Aun relajadas durante el sueño, su fuerza era innegable. Y la magia
que obraban en su cuerpo…
Un milagro.
Pasó el pulgar por su anillo de general y comenzó a
preguntarse cómo habría sido Hyukjae entonces. A menos que la maldición hubiese
alterado su apariencia física, no parecía ser muy mayor, no aparentaba más de
treinta.
¿Cómo podría haber liderado un ejército a una edad tan
temprana? Pero claro, Alejandro Magno apenas si tenía edad para afeitarse
cuando comenzó sus campañas.
Hyukjae debía haber tenido una apariencia magnífica en el
campo de batalla. Donghae cerró los ojos e intentó imaginárselo a caballo,
cargando contra sus enemigos. Podía ver una vívida imagen del general vestido
con la armadura y con la espada en alto mientras luchaba cuerpo a cuerpo con
los romanos.
— ¿Yoochun?
Donghae se tensó al escuchar el murmullo. Hyukjae estaba
dormido.
Giró sobre el colchón y lo miró.
— ¿Hyukjae?
Él adoptó una postura rígida y comenzó a hablar en una
confusa mezcla de inglés y griego clásico.
— ¡No! ¡Okhee! ¡Okhee! ¡No! —y se incorporó hasta quedar
sentado en la cama.
Donghae no podía saber si estaba dormido o despierto.
Le tocó el brazo instintivamente y, lanzando una
maldición, Hyukjae le agarró con fuerza y tiró de él hasta ponerlo sobre sus muslos.
Después volvió a arrojarlo a la cama, con una mirada salvaje y los labios
fruncidos.
— ¡Maldito seas! —gruñó.
— Hyukjae —jadeó Donghae, luchando por liberarse mientras
él le agarraba con más fuerza por el brazo—. ¡Soy yo, Donghae!
— ¿Donghae? —repitió con el ceño fruncido, intentando
enfocar la mirada.
Se apartó de él parpadeando. Alzó las manos y las observó
como si fuesen dos apéndices extraños que no hubiese visto jamás. Después clavó
los ojos en Donghae.
— ¿Te he hecho daño?
— No, estoy bien. ¿Y tú?
Él no contestó.
— ¿Hyukjae? —dijo mientras le tocaba.
Se alejó de él como si se apartase de una criatura
venenosa.
— Estoy bien. Era un mal sueño.
— ¿Un mal sueño o un mal recuerdo?
— Un mal recuerdo que me persigue en sueños —murmuró con
la voz cargada de dolor, y se levantó—. Debería dormir en otro sitio.
Donghae lo cogió por el brazo antes de que pudiera
marcharse y lo acercó de vuelta a la cama.
— ¿Eso es lo que siempre hiciste en el pasado?
Él asintió.
— ¿Le has contado tus pesadillas a alguien?
Hyukjae lo miró horrorizado. ¿Por quién lo había tomado?
¿Por un niño llorón que necesitaba a su madre?
Siempre había guardado la angustia en su interior. Como
le habían enseñado. Sólo durante las horas de sueño los recuerdos podían
traspasar las barreras que él mismo había erigido. Sólo cuando dormía era
débil.
En el libro no había nadie que pudiera resultar herido
cuando le asaltaba la pesadilla. Pero una vez liberado de su confinamiento,
sabía que no era muy inteligente dormir al lado de alguien que podía acabar
inadvertidamente herido mientras estaba atrapado en el sueño.
Podría matarlo de forma accidental. Y esa idea lo
aterrorizaba.
— No —susurró—. No se lo he contado nunca a nadie
— Entonces, cuéntamelo a mí.
— No —respondió con firmeza—. No quiero volver a vivirlo.
— Si lo revives cada vez que sueñas, ¿cuál es la
diferencia? Déjame entrar en tus sueños, Hyukjae. Déjame ayudarte.
¿Podría hacerlo? ¿Podría tener esperanza?
Sabes que no.
Pero aún así…
Quería purgar los demonios. Quería dormir una noche
completa libre del tormento, con un sueño tranquilo.
— Cuéntamelo —insistió suavemente.
Donghae percibía su renuencia mientras se unía a él en la
cama. Permaneció sentado en el borde, con la cabeza entre las manos.
— Ya me has preguntado qué hice para que me maldijeran.
Lo hicieron porque traicioné al único hermano que jamás he conocido. La única
familia que he tenido en la vida.
La angustia de su voz caló muy hondo en Donghae. Deseaba
desesperadamente acariciarle la espalda, para reconfortarlo, pero no se atrevió
por si él volvía a apartarse de nuevo.
— ¿Qué hiciste?
Hyukjae se mesó el cabello y dejó enterrado el puño en
él. Con la mandíbula más rígida que el acero y la mirada fija en la alfombra
contestó:
— Permití que la envidia me envenenase.
— ¿Cómo?
Permaneció callado un rato antes de volver a hablar.
— Conocí a Yoochun poco después de que mi madrastra me
enviase a vivir a los barracones.
Donghae apenas si recordaba una conversación con Judith
en la que le explicaba que los barracones espartanos eran los lugares donde se
obligaba a vivir a los niños, alejados de sus hogares y de sus familias.
Siempre se los había imaginado como una especie de internado.
— ¿Cuántos años tenías?
— Siete.
Incapaz de imaginar que lo obligaran a apartarse de sus
padres a esa edad, Donghae jadeó.
— No había nada de raro en la decisión —dijo él sin
mirarlo—. Y era grande para mi edad. Además, la vida en los barracones era
infinitamente mejor que la que llevaba junto a mi madrastra.
Donghae percibía el veneno que destilaba su voz y se
preguntó cómo habría sido la mujer.
— ¿Entonces, Yoochun vivía contigo en los barracones?
— Sí —murmuró él—. Cada barracón estaba dividido en
grupos, y cada uno elegía a un líder. Yoochun era el líder de mi grupo.
— ¿Qué hacían esos grupos?
— Éramos una especie de unidad militar. Estudiábamos,
limpiábamos nuestro barracón, pero sobre todo, nos las apañábamos entre todos
para poder sobrevivir.
Donghae se sobresaltó ante esa palabra tan dura.
— ¿Sobrevivir a qué?
— Al estilo de vida espartano —contestó Hyukjae con voz
áspera—. No sé si conoces algo sobre las costumbres de la gente de mi padre,
pero no vivían con los lujos habituales del resto de los griegos.
» Los espartanos sólo querían una cosa de sus hijos: que
nos convirtiéramos en la fuerza militar más impresionante del mundo antiguo.
Para prepararnos, nos enseñaban a sobrevivir con las necesidades más básicas.
Nos daban una sola túnica que debíamos conservar durante todo un año, y si se
estropeaba, la perdíamos, o acababa por quedarnos pequeña, nos quedábamos sin
ella. Teníamos que hacernos nuestra propia cama. Y una vez que llegábamos a la
pubertad, no se nos permitía llevar ningún tipo de calzado.
Se rió con amargura
—Aún puedo recordar cómo me dolían los pies durante el
invierno. Teníamos prohibido encender fuego, y tampoco podíamos taparnos con
una manta, así es que nos envolvíamos los pies con harapos para evitar que se
nos congelaran durante la noche. Por la mañana sacábamos los cadáveres de los
chicos que habían muerto de frío.
Donghae se encogió de espanto ante el mundo que Hyukjae
describía. Intentaba imaginarse cómo debía haber sido vivir así. Peor aún,
recordó el berrinche que pilló a los trece años porque se encaprichó de unos
zapatos de ochenta dólares que, según su madre, eran demasiado para él; y a la
misma edad, Hyukjae habría estado buscando harapos. La injusticia de aquello lo hacía pedazos.
— Sólo eran niños.
— Jamás fui un niño —le contestó con sencillez—. Pero eso
no era todo, lo peor era que apenas nos daban de comer. Estábamos obligados a
robar o a morir de hambre.
— ¿Y los padres lo permitían?
Él le miró por encima del hombro; sus ojos tenían una
expresión irónica.
— Lo consideraban un deber cívico. Y, puesto que mi padre
era el stratgoi de Esparta, la mayoría de los profesores y de los chicos me
despreciaron desde el primer momento. Me daban mucha menos comida que al resto.
— ¿Qué era tu padre? —le preguntó, no acababa de
comprender el término griego que Hyukjae había empleado.
— El general supremo, si lo prefieres —inspiró
profundamente y continuó —. A causa de su posición, y de su reputación de
hombre cruel, yo era un paria para mi grupo. Mientras ellos se unían para poder
robar comida, a mí me dejaban de lado, y tenía que ingeniármelas para
sobrevivir. Un día, pescaron a Yoochun robando comida. Cuando regresaron a los
barracones iban a castigarlo. Así es que di un paso al frente y me eché toda la
culpa.
— ¿Por qué?
Hyukjae se encogió de hombros, restándole importancia al
asunto.
— Estaba tan débil por la paliza anterior que pensé que
no viviría si le daban otra.
— ¿Y por qué le habían golpeado antes?
— Era el modo de empezar el día. Tan pronto como nos
sacaban a rastras de las camas, nos daban una buena tunda.
Donghae hizo una mueca de dolor.
—Entonces, ¿por qué dejaste que te pegaran en su lugar,
si tú también estabas herido?
— Siendo el hijo de una diosa, aguantaba las palizas más
duras.
Donghae cerró los ojos mientras recordaba las palabras
que Judith había dicho esa misma tarde. Esta vez, no pudo resistir el impulso
de acercarse a él. Le puso la mano sobre el bíceps. Hyukjae no se apartó. Al
contrario, le cubrió la mano con la suya y le dio un ligero apretón.
— Desde ese día en adelante, Yoochun me consideró su
hermano, e hizo que los demás me aceptaran. Aunque mi madre y mi padre tenían
otros hijos, nunca había tenido un hermano antes.
Donghae sonrió.
— ¿Qué ocurrió después?
El bíceps se contrajo bajo su mano.
— Decidimos aunar fuerzas para conseguir lo que
necesitábamos. Él distraía a la gente y yo robaba; así, si nos pillaban, yo me
llevaba los golpes.
¿Por qué? Tenía Donghae en la punta de la lengua, pero se
la mordió. En el fondo, conocía la respuesta: Hyukjae estaba protegiendo a su
hermano.
— El tiempo fue pasando —continuó él—, y noté que su
padre salía furtivamente del pueblo para observarlo de lejos. El amor y el
orgullo en su rostro eran algo indescriptible. Su madre hacía lo mismo. Se
suponía que debíamos apañárnoslas para conseguir comida, pero algunos días, Yoochun
encontraba cosas que sus padres le habían dejado. Pan fresco, langosta asada,
una jarra de leche… y a veces, dinero.
— Qué tierno.
— Sí, lo era; pero cada vez que me daba cuenta de lo que
hacían por él, la realidad me destrozaba. Quería que mis padres sintieran lo
mismo por mí. Habría dado gustoso mi vida porque mi padre me mirara una sola
vez sin odio; o porque mi madre se preocupara por mí lo justo para venir a
verme. Lo más cerca que he estado nunca de ella fue en su templo de Thimaria.
Solía pasar horas contemplando su estatua, y preguntándome si era así
realmente. Preguntándome si pensaba alguna vez en mí.
Donghae se sentó tras él, lo abrazó por la cintura y puso
la barbilla sobre su hombro.
— ¿Nunca viste a tu madre cuando eras pequeño?
Él le rodeó los brazos con los suyos y echó la cabeza
hacia atrás, hasta dejarla reposar sobre el hombro de Donghae, quien sonrió
ante el gesto. Aunque estuviese tenso y nervioso, le estaba confiando cosas que
jamás había compartido con otra persona.
Y saberlo le proporcionaba una sensación de increíble
intimidad.
— No la he visto nunca —confesó en voz baja—. Me enviaba
a otros, pero ella jamás se ha presentado ante mí. Sin importar lo mucho que le
implorara, siempre se negaba. Después de un tiempo, dejé de pedírselo. Y al
final, también dejé de entrar en sus templos.
Donghae le plantó un beso tierno en el hombro. ¿Cómo
podía su madre haberlo ignorado? ¿Cómo podía ser capaz una madre de no atender
el ruego de un hijo?
Pensaba en sus propios padres. En el amor y la ternura
que le habían prodigado. Y, por primera vez, después de tantos años, se dijo
que sus sentimientos con respecto a su trágica muerte estaban totalmente
equivocados. Siempre había pensado que habría sido mucho mejor no conocer su
cariño para no perderlo de modo tan cruel.
Pero no era así. Aunque los recuerdos de su infancia y de
sus padres eran agridulces, le reconfortaban.
Hyukjae no había conocido nunca la ternura de un abrazo.
La seguridad de saber que, hiciese lo que hiciese, sus padres siempre estarían
allí.
No podía imaginar cómo habría sido crecer del modo que él
lo hizo.
— Pero tenías a Yoochun —le susurró, preguntándose si
habría sido suficiente para él.
— Sí. Tras la muerte de mi padre, cuando yo tenía catorce
años, Yoochun fue lo bastante amable como para dejarme ir a su casa cuando nos
daban permiso. Fue en una de esas visitas cuando vi por primera vez a Junsu.
Donghae sintió una pequeña punzada de celos al escuchar
el nombre de su esposo.
— Era tan hermoso… —murmuró él— y estaba prometido a Yoochun.
Donghae se quedó paralizado ante sus palabras.
¡Oh! La cosa no iba bien.
— Peor aún —le dijo acariciándole el brazo con suavidad—,
Junsu estaba enamorado de él. Cada vez que íbamos de permiso, se arrojaba en
brazos de Yoochun para besarlo. Le decía lo mucho que significaba para él.
Cuando nos marchábamos, le pedía en voz baja que tuviese cuidado, y le dejaba
comida para que la encontrase.
Hyukjae se detuvo mientras recordaba la imagen de Yoochun
cuando volvía a los barracones con los regalos de Junsu.
«Algún día te casarás, Hyukjae» decía su amigo mientras
hacía gala de los obsequios «pero jamás tendrás un esposo como el mío para
calentarte la cama.»
Aunque su amigo no lo dijese, Hyukjae conocía el motivo
de que hablara así. Ningún padre responsable entregaría a su hijo joven en
matrimonio a un hombre desheredado, sin familia que lo reconociese.
Cada vez que su amigo pronunciaba esas palabras, su alma
se hacía pedazos. Había ocasiones en las que sospechaba que Yoochun echaba sal
en sus heridas debido a los celos. Junsu lo miraba más de la cuenta cuando
pensaba que su prometido no lo notaba. Puede que él tuviese su corazón, pero al
igual que el resto de los jóvenes, él se lo comía con los ojos cada vez que
estaba cerca.
Por ese motivo Yoochun dejó de invitarlo a su casa. Y que
le prohibieran regresar al único hogar que había conocido, acabó por
destrozarlo.
— Debería haber dejado que se casaran —siguió Hyukjae,
mientras pasaba el brazo por la cabeza de Donghae y enterraba el rostro en su
cuello para inhalar el dulce aroma de su piel—. Entonces lo sabía, pero no
podía soportarlo. Año tras año, vería cómo él lo amaba. Vería cómo su familia
lo adoraba, mientras yo no tenía un hogar donde acudir.
— ¿Por qué? —preguntó Donghae—. Has dicho que tenías
hermanos, ¿no te habrían dejado quedarte con ellos?
Él negó con la cabeza.
— Los hijos de mi padre me odiaban a muerte. Su madre me
habría permitido quedarme con ellos, pero me negaba a pagar el precio que pedía
a cambio. No tenía nada en aquellos días, excepto mi dignidad.
— Ahora también la tienes —murmuró Donghae, abrazándolo
con más fuerza por la cintura—. He sido testigo de ella.
Es espeluznante la vida de Hyuk, uno entiende que es otra época y otra cultura, pero nadie merece haber tenido una niñez como la suya y haber crecido en ese ambiente en el que al parecer, nunca tuvo nada propio, ni siquiera el amor de su familia. HyukJae solo quería tener el amor de alguien, es una lástima que se enamorará del prometido de su mejor amigo. Al menos mientras que pasa todo el dolor de recordar, DongHae está a su lado dandole apoyo y dejandole liberar todo eso que ha tenido guardado durante tanto tiempo.
ResponderEliminarGracias por la actu, nos leemos pronto
Cuídate ^^
no tienes que aceptarlo solo hay que entenderlo es cultura antigua pero al fin cultura
ResponderEliminarQue vida mas cruel recibio Hyuk aunque su epoca fuera distinta creo que era demasiado!!! me alegra que Hae le de confort!!
ResponderEliminargracias por la traduccion y el cap
te esperare en la proxima
Hyuk solo deseaba tener una familia,alguien que lo quisiera,alguien que le diera un poquito de amor,sino todo lo que merecia,al menos un poquito que calentara su corazón,y más siendo un niño......un niño que no tenia la culpa de nada.
ResponderEliminary más cuando veía como los padres de otros trataban a sus hijos,el queria eso
Todo problema tiene un inicio y un final