Sungmin se
quedó parado en el porche delantero. Era lo más lejos que podía llegar sin
sentir esa persistente picazón que le provocaba el brazalete cuando se alejaba
de Kyuhyun.
Quería
aclararse la cabeza, pero en todo lo que podía pensar era en los ruidos que
había oído saliendo de su habitación.
Estaba sufriendo.
Se dijo
a sí mismo que no le importaba. Se dijo que él se lo merecía por todas las
vidas que había arruinado.
Bueno, te equivocas. Igual que te equivocas sobre todo lo demás.
¿Qué
había querido decir con eso? ¿En qué estaba equivocado? ¿Era sólo otra trampa?
Podía
haberlo besado. Podía haber usado su mal mojo para esclavizarlo, justo allí, en
el vestíbulo y no podría haber hecho nada para detenerle. Pero él no lo había
hecho.
Maldita
sea. Era todo demasiado confuso. Él había vuelto su mundo del revés, haciéndole
cuestionarse lo que le habían enseñado durante toda su vida.
Bueno,
había una manera de averiguar si estaba jugando con él y lo iba a
desenmascarar.
Sungmin
regresó a la casa, encontró un buen y afilado cuchillo en la cocina, y abrió la
puerta de Kyuhyun de golpe.
La habitación estaba oscura. Encendió la luz.
Al
principio pensó que nunca había estado allí porque no le vio. Entonces, escuchó
un sonido procedente del otro lado de la cama, un gorjeo como si se estuviera
asfixiando.
Sungmin
se apresuró en rodear la cama y le encontró tumbado sobre su costado, enroscado
sobre sí mismo. Estaba sudando y temblando, y sus ojos estaban en blanco como
si estuviera teniendo algún tipo de ataque o algo así.
El
pánico corrió por sus extremidades, tomando el control. Dejó caer el cuchillo y
se arrodilló a su lado. Sus manos se movieron sobre sus brazos hasta llegar a
su rostro. No tenía ni idea de qué hacer para ayudarle, pero recordó haber
escuchado en algún sitio sobre gente asfixiándose con su propia lengua.
Movió su cabeza para poder ver su boca, pero en el instante en
que sus dedos tocaron su mejilla, el sonido gorjeante paró. Inspiró con fuerza
estremeciéndose y su cuerpo dejó de temblar.
Los ojos de Kyuhyun rodaron como si estuvieran sueltos dentro
de su calavera, pero aparentemente parecía poder ver que estaba allí.
—Sungmin —suspiró, con la voz áspera y rasgada como si hubiera
estado gritando durante horas.
—Estoy aquí —le dijo, totalmente perdido.
Sus manos tentaron a ciegas sobre su cuerpo hasta que encontró
sus brazos desnudos, y entonces le tiró hacia él. Sungmin no opuso resistencia.
Fuera lo que fuera lo que le estaba pasando, parecía mejor ahora, y no pensaba
estropearlo por muy estúpido que pareciera.
Le dejó mover su cuerpo hasta que estuvo tumbado a su lado, de
espaldas a él. Él se enroscó a su alrededor y le sujetó con fuerza. Unos segundos
más tarde, sintió cómo tiraba del bajo de su camisa hasta que la parte baja de
su espalda estuvo desnuda, y después cómo se subía su propia camisa. Sungmin
trató de recolocar su ropa, pero él frustró sus intentos y tiró de él de nuevo
hasta que estuvieron piel contra piel.
Su piel estaba caliente y húmeda, firme sobre sus acordonados
músculos, y una corriente de energía corrió por su médula minando su voluntad
para moverse. Se sentía demasiado bien como para luchar contra él. Estaba
totalmente fuera de su elemento aquí y no había nada en el diario de mamá que
dijera algo sobre sentirse así. Era como tocar la felicidad. Una maravillosa
satisfacción.
El pecho de Kyuhyun vibró con un gruñido de satisfacción y supo
que él se sentía igual. Fuera lo que fuera lo que había entre ellos, era bueno.
Quizá sólo era otro truco más diseñado para esclavizarle, pero realmente no le
importaba. Estaba demasiado adormecido para que le importara.
Le daría diez minutos. Luego se iría. Ya estaría mejor entonces
y podría dejarle para encontrar su compostura. Había leído el diario de mamá y
recordaba por qué debía permanecer alejado de él, por qué no debía permitirle
tocarlo.
Sólo serían diez minutos. Estaba seguro de que esa pequeña
cantidad de tiempo no le haría daño.
Wook observó
a Yesung a través de los árboles. Su poderoso cuerpo estaba
protegido
por una pesada chaqueta de cuero que no pudo esconder el montón de estupendos
músculos cuando cortó al sgath que se cruzaba en su camino.
En un pequeño rincón de la mente de la bestia que ahora
ocupaba, la tristeza y la rabia crecieron por la muerte de sus hermanos. Quería
arremeter contra Yesung y
destrozarle
la garganta. Quería beber su rica sangre y hacer un festín con su carne hasta
que no quedaran más que huesos.
Wook reunió valor y obligó a la bestia a permanecer quieta
mientras se acostumbraba a él. Ignoró su necesidad de matar y observó mientras Yesung
rebanaba a otro sgath en dos.
Se movía de una manera tan hermosa... una gracia mortal y
fluida que le hacía sentir protegido sólo por saber que él estaba cerca. Si su
cuerpo humano no hubiera sido tan débil, habría ido a él y le habría dicho lo
mucho que le necesitaba, preguntándole por qué ya no iba a tocar su mano.
La boca del sgath que había mirado se movió y se dio cuenta de
que estaba tratando de hablarle. Desde luego, ninguna palabra humana salió de
su hocico, y todo lo que pudo hacer fue soltar un gruñido bajo.
La cabeza de Yesung se giró hacia él. Su espada estaba goteando
sangre negra y tuvo que pasar sobre los peludos cuerpos de las bestias que
había matado para acercarse.
Se movió con cautela, sus ojos estrechándose en la oscuridad
del bosque. Un gruñido torció sus toscos rasgos cuando acortó la distancia
entre ellos. Sólo estaba a metros de él y un estremecimiento recorrió el cuerpo
prestado de Wook.
Quería que le tocara. Que le sostuviera.
Trató de decírselo, pero de nuevo las palabras no surgieron.
¿Cómo iba a contactar con él?
—Te veo, peludo hijo de puta —dijo Yesung—. No conseguirás
escapar.
Iba a matarlo. O al menos, iba a matar el cuerpo que ahora
ocupaba. A pesar de que odiaba que Yesung lo atacara, también sabía que sería
más seguro para él si permanecía en la mente del sgath hasta que él golpeara,
evitando que la bestia le atacara.
Wook no podía mirar. Cerró los ojos del sgath y se congeló en
el sitio. El mordisco de la hoja atravesándole el hombro lo hizo retroceder y
se oyó a sí mismo lanzando un horrible aullido de dolor. Otra caliente ráfaga
de dolor atravesó su pecho, y esta vez sintió desintegrarse su corazón cuando
la sangre manó de él humedeciendo su pelaje.
Abrió los ojos, esperando que Yesung viera algo de él dentro
del sgath, pero en lugar de eso, vio una pesada y enorme bestia en los árboles
sobre su cabeza. Tenía seis ojos y estaban todos clavados en Yesung, brillando
con un fuego hambriento.
El sgath estaba casi muerto y salió de su mente antes de que se
lo llevara con él.
Al pasar junto a Yesung, trató de susurrar en su oído que
estaba en peligro, pero no hizo ningún sonido. Trató de acariciarle la piel y
avisarle, pero no sintió nada. Era menos que aire y tan ligero que estaba
siendo arrastrado de vuelta a su destrozado cuerpo humano.
No podía ayudarle aquí. Tenía que volver a la noche y encontrar
la manera de decirle que estaba siendo cazado.
Los verdaderos ojos de Wook se abrieron y se encontró en una
habitación que apenas reconocía. No estaba en el hospital, sino en la nueva
casa de Heechul.
La dulce mujer que había estado cuidando de su cuerpo estaba
sentada en el rincón, haciendo punto. Tenía un halo de rizos oscuros y unos
tristes ojos marrones. Sus dedos se movían rápidos y seguros, dejando en su
estela un punto tras otro.
Grace. Ese era su nombre. Grace lo ayudaría.
—Yesung —dijo Wook, y su voz fue débil y rasgada, apenas
audible en la silenciosa habitación.
La cabeza de Grace se alzó y sus ojos se encontraron con los de
Wook. Se abrieron completamente por la sorpresa, y entonces se levantó de la
silla para ir junto a él, dejando que su punto cayera a la alfombra.
—Shh —dijo Grace—. No trates de hablar todavía. Déjame traerte
un poco de agua antes.
—No hay tiempo. Yesung está en peligro.
Grace vertió agua en un vaso de plástico y acercó el borde a
los labios de Wook.
—Toma un trago.
Wook bebió lo suficiente para que la mujer lo escuchara.
—Llama a Yesung.
—Lo siento, mi señor. No sé su número. Déjeme ir a buscar a su
hermano.
Heechul lo había escuchado antes. Lo haría de nuevo. Grace
marcó un número.
—Wook ha despertado. Quiere llamar a Yesung.
Wook oyó el zumbido tenue de la voz de Heechul a través del
plástico.
Grace miró a Wook.
—¿Qué quiere que le digan?
—Que mire arriba, hacia los árboles. Sobre él.
A pesar de parecer confusa, Grace repitió lo que Wook había
dicho a Heechul.
—De acuerdo, se lo diré.
Colgó y se sentó en el borde de la cama. Sus dedos acariciaron
el dorso de la mano de Wook, el primer contacto real que había sentido en mucho
tiempo.
—Heechul viene de camino. Está llamando a Yesung ahora mismo y
no quiere que se preocupe.
¿Cómo podía Wook no preocuparse? Yesung estaba sólo ahí fuera.
Si algo le
ocurriera...
—Tome otro trago de agua —le instó Grace.
Sus
labios estaban secos y su cuerpo estaba tan débil que apenas podía tragar, pero
hizo lo que se le dijo.
—¿Cómo se siente? —preguntó Grace.
—Necesito
volver ahí fuera con Yesung. Me necesita —un desenfrenado sentimiento de
perdición se apoderó de él, aplastándolo.
No podía perderlo.
—Estoy segura de que está bien. Es un experto guerrero.
Grace no lo entendía. Nadie excepto Heechul, y él sólo le
escuchaba a veces.
—Tengo que volver a dormirme... Tengo que encontrarle.
—No
lo haga, por favor —dijo Grace—. Sólo quédese despierto hasta que llegue Heechul.
Déjelo hablar con usted.
Los
ojos de Wook pesaban. Estar despierto era duro. Se sentía demasiado solo cuando no estaba con él.
La
puerta se abrió y Heechul irrumpió, respirando con fuerza y con la cara rosa
por el ejercicio.
—Wook, bebé —jadeó—. Estás despierto.
Heechul atravesó la habitación y Grace se hizo a un lado.
—¿Has hablado con Yesung?
—Sí. Está bien.
—¿Le dijiste sobre el monstruo del árbol?
—Ya lo había encontrado y, para cuando le llamé, ya lo había
matado.
El
alivio corrió a través de Wook como agua fresca, llevándose el pánico. Se
aferró a la mano de Heechul.
—Gracias.
Heechul le sonrió casi llorando.
—¿Cómo te sientes?
—Cansado. Quiero estar con él.
—¿Él? —preguntó Heechul
—Yesung.
—Necesitas quedarte aquí, bebé. Todavía no estás lo
suficientemente fuerte como para viajar.
—No necesitaré mi cuerpo —explicó Wook.
Heechul frunció el ceño y le acarició el pelo. Desde el rincón
donde estaba Grace se oyó:
—¿Quiere que avise a Kevin?
—Sí. Dile que Wook despertó.
—No quiero a Kevin. Quiero a Yesung.
Nadie lo escuchó y Wook empezó a preguntarse si su boca en ese
cuerpo funcionaba bien.
Estaba cayendo dormido de nuevo, incapaz de impedir que se
llevara su mente lejos. Quería permanecer despierto para verle, pero eso ya no
sería posible. Estaba demasiado débil incluso para buscar a uno de los sgath.
—De acuerdo —lo calmó Heechul—. Le traeré aquí. Lo que quieras.
—Quiero a Yesung —dijo Wook mientras se alejaba a la deriva del
mundo.
Kyuhyun estaba
muerto. Sabía que tenía que estarlo, porque había estado vivo
durante siglos y nada que hubiera
experimentado antes había sido tan bueno.
Abrió
los ojos apenas para ver la cabeza de Sungmin. Su suave cabello era un completo
desastre, como si él hubiera estado frotando su cara sobre las finas hebras
durante horas, revolviéndolos con su barba de tres días. Basándose en la
brillante luz del día filtrándose por entre las cortinas, ese debía haber sido
el caso.
Su
cuerpo estaba curvado sobre el suyo, tocando en tantos lugares como le era
posible. Era cálido y flexible, y la sensación de tener su dulce trasero
presionándose contra su polla dura era suficiente para hacerle creer en el
cielo. Su brazo estaba enrollado con fuera a su alrededor, manteniéndolo en el
sitio, y sus dedos se habían colado bajo su camisa para posarse sobre sus
costillas. La sensación de la piel desnuda de Sungmin bajo
su mano era demasiado buena para ser cierta. Tenía que estar muerto, o soñando.
Lentamente, la niebla que llenaba su cabeza empezó a disiparse
lo suficiente para reconocer lo que le rodeaba. No estaba muerto. Estaba
tumbado en el suelo de la casa Elf con sólo la anticuada alfombra para
amortiguar sus cuerpos. No era lo suficientemente suave para Sungmin, pero no
estaba muy seguro de cómo solucionar eso. Su cerebro todavía estaba abotagado y
su sangre hervía con una lenta llama de excitación sexual.
No
habían tenido sexo. Lo sabía cierto porque no había manera de que hubiera
olvidado algo así. Además, estaban ambos todavía vestidos y en el suelo. A Kyuhyun
le gustaba pensar que era lo suficientemente cortés como para ponerlo en la
cama antes de tomarlo.
Así que, si no lo había seducido, ¿cómo lo había llevado ahí?
Lo
último que recordaba era el dolor. Montañas de dolor aplastándolo,
exprimiéndole la vida. No estaba seguro de cómo había sobrevivido, pero tampoco
le importaba. Mientras él estuviera ahí, en sus brazos, merecía la pena sufrir.
Sungmin
se movió en sueños, palpando como si estuviera buscando una almohada. Kyuhyun
movió su brazo para que hiciera de cojín para su mejilla, y él se volvió a
dormir.
Dijo
que no confiaba en él. El destello de un gran cuchillo a sus pies demostraba
que lo decía en serio. Entonces, ¿por qué estaba allí tumbado con él?
Kyuhyun no cuestionó su buena suerte. El estaba ahí y eso era
suficiente.
Bostezó, preparándose para pasar unas cuantas horas más
descansando con el hombre de sus sueños. La expansión de su pecho le presionó
aún más contra su espalda, y él se puso rígido en sus brazos.
Mierda. Lo había despertado.
—Lo siento —susurró sobre su cabello—. No quería despertarte.
Vuelve a dormir, cariño.
Aparentemente, Sungmin tenía otros planes. Se impulsó hacia
arriba y Kyuhyun lo dejó ir. Era demasiado temprano para un combate de lucha
libre, y cada músculo de su cuerpo todavía le dolía por lo que fuera que le
hubiera pasado la noche pasada.
Sungmin se revolvió apartándose de él hasta que estuvo
aplastado contra la pared. Instantáneamente, el cuerpo de él se tensó en una
ola de dolor. Aspiró jadeando y trató de relajarse, dejar que pasara a través
de él. Sabía cómo tratar con el dolor. Podía hacerlo.
En un intento para distraerse, miró a Sungmin. Su pelo era un
desastre y sus ojos estaban hinchados por dormir, pero todavía era la cosa más
hermosa que había visto jamás. Podría despertarse con una visión como esa cada
día durante el resto de la eternidad y todavía no tendría suficiente.
El se frotó los ojos y lo miró de la cabeza a los pies. Su
mirada de detuvo, y sus ojos se abrieron y se retiraron al ver su erección.
Pero no había nada que él pudiera hacer al respecto. Así sabría que lo quería.
No era precisamente un gran secreto.
Una arruga frunció su frente y se frotó el punto bajo su pecho
donde la mano de él había estado mientras dormían.
—¿Qué me has hecho? —preguntó.
Sus músculos se inmovilizaron, tensos y doloridos, y su polla
estaba aún peor. Pero podía manejar todo eso. Lo que no podía manejar era la
mirada de miedo que Sungmin lucía.
—No hice nada —dijo—. Todavía llevas los pantalones, ¿no?
El tragó y sus dedos se movieron hasta la cinturilla de sus
vaqueros, que estaban todavía abotonados. Mierda, todavía llevaba puesto ese
corto delantal lleno de bolsillos de su trabajo. Varias de las monedas se
habían caído en la alfombra mientras dormía, así que Kyuhyun las recogió y se
las tendió.
Sungmin no las cogió. Miró su mano y se quedó quieto, poniendo
aún más distancia entre ellos.
Genial. De vuelta a la primera base.
—Sungmin, no, por favor —le dijo.
Había un rastro de ruego en su voz y lo odió. Nunca había
rogado por nada en su
vida.
—Podía haberte hecho cualquiera de las cosas horribles de las
que me crees capaz ésta noche si hubiera querido, pero no lo hice. ¿No te
demuestra eso que no voy a hacerte daño?
—Es una trampa. Tu piel es venenosa. Narcótica. Por eso se
siente tan bien.
Kyuhyun se quedó colgado en la parte de hacerle sentir bien
durante un segundo más de lo que debería. La idea de que podía hacerle eso
hacía hervir su sangre. Involuntariamente le había contado cómo llegar a él, y
tenía todas las intenciones de explotar esa debilidad.
Se suponía que Sungmin era suyo, y ahora también sabía cómo
convencerlo de que eso era cierto.
Trató de esconder su sonrisa de vencedor, pero teniendo en
cuenta la manera en que sus ojos se abrieron, estaba seguro de que no lo había
conseguido.
—No es veneno, cariño. Es química. Tú y yo estamos destinados a
estar juntos y esa sensación es el modo que tiene la naturaleza de hacérnoslo
saber.
—Mentiroso.
Kyuhyun ignoró el insulto y se incorporó. Sungmin movió las
caderas, advirtiendo de su intención de correr, pero él se movió rápido para
bloquearle. Estaba atrapado entre la pared y su cuerpo, y no le dejaría
marchar.
Lo enjauló con un brazo mientras deslizó el dedo con suavidad
por su mejilla. Era demasiado suave para ser real, y sus ojos se cerraron para
poder absorber más de él. Pequeñas chispas de poder saltaron entre ellos,
sangrando una diminuta porción de energía que se agitaba dentro de Kyuhyun.
Parte del dolor se fue con ellas. Su dedo se deslizó hacia abajo hasta que hizo
camino sobre su garganta, donde su luceria estaría pronto.
Sungmin dejó escapar un suave gemido, aunque él no sabría decir
si era de placer o de miedo. Podía escuchar su agitada respiración, y sentía la
tensión endureciendo sus miembros. Sus manos se abrieron sobre su cuello hasta
que podía sentir las delicadas crestas de su clavícula bajo sus dedos.
Más chispas se retorcieron hacia su cuerpo, y Sungmin jadeó
agitado.
Kyuhyun bajó la mirada hacia él. Su oscura piel destacaba en
marcado contraste contra la palidez de Sungmin. Incluso en la tenue luz, Kyuhyun
habría sido capaz de ver sus propias manos deslizándose por su cuerpo, dándole
placer.
A duras penas podía esperar.
Su cabeza estaba inclinada a un lado, y sus manos eran puños
cerrados. Su cuerpo vibraba al compás de la débil corriente de poder que
goteaba desde su palma hasta él.
Quería
besarlo, pero los instintos le decían que el control era la mejor manera de
conseguir su objetivo final. Una vez que fuera suyo, tendría la eternidad para
besarlo, para tocarlo.
—¿Todavía crees que miento? —preguntó Kyuhyun.
Sus
ojos eran del color del chocolate agridulce y, cuando elevó la mirada hacia él
sólo durante un momento, pensó que había visto un destello de inseguridad.
—Para, por favor —susurró Sungmin—. No puedo hacer esto.
—¿Hacer qué, cariño?
SUngmin
rodeó su muñeca con los dedos. Sus manos eran pequeñas, pero sus dedos eran
gráciles y fuertes. Trató de tirar de su mano y apartarla, pero Kyuhyun no
cedió.
—No puedo dejar que me seduzcas —dijo.
—¿Por
qué no? Vamos a estar mejor juntos. Me aseguraré de que no te arrepientas.
Sungmin cerró los ojos y negó con la cabeza.
—No.
Kyuhyun se inclinó sobre él y acercó los labios a su oído.
—Oh,
sí. Tú y yo estamos hecho el uno para el otro. Cuanto antes lo aceptes, más
tiempo tendré para hacerte disfrutar. Tú quieres eso, ¿o no?
Recalcó
la pregunta con un pulso de energía tan poderoso que pudo oírlo crepitar.
—Oh, Dios.
Sungmin
se mordió el labio inferior, y él podía sentir su corazón martilleando con
fuerza bajo su mano.
—No luches contra mí. Déjame mostrarte lo bueno que puede ser
para nosotros.
Deslizó la lengua por la curva de su oreja, haciéndole temblar.
—Eso es —lo animó—. Déjate llevar.
—Yo... tengo que ir al baño.
Era una táctica de escape y lo sabía. Debería haber sabido que
no se lo iba a poner fácil.
Kyuhyun
suspiró y retrocedió a regañadientes. Sungmin huyó de sus brazos, tropezando de
camino al baño.
Su polla dolía de necesidad, pero iba a tener que seguir
doliendo de momento.
Casi lo
tenía. Estaba seguro de eso. Había sentido su determinación desmoronarse. De
hecho, estaba sorprendido de que hubiera sido capaz de alejarse.
Estaba
seguro como el infierno que él no iría a ningún sitio durante un rato. No hasta
que se hubiera controlado.
Se oyó sonar el baño, el grifo se abrió y ce cerró de nuevo.
Pero Sungmin todavía no salía.
Kyuhyun suspiró. Aparentemente, su persecución no había llegado
a su fin. Parte de él estaba emocionado con la idea de perseguirlo, pero el
resto estaba sencillamente exhausto y demasiado dolorido como para querer
continuar con eso.
Se frotó el pecho. La única hoja de su marca vital se había
marchitado más desde ayer. Era el momento de que Sungmin cesara de huir.
Se paró frente a la puerta y cruzó los brazos sobre el pecho.
No había ventanas allí. Ninguna otra salida más que por la que había entrado.
No podía quedarse ahí para siempre y, cuando saliera, estaría
esperándole.
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