Donghae contuvo la respiración
cuando la enorme ballena apareció en la superficie a pocos metros del barco, y
Hyukjae lo hizo apoyarse contra él para que se sintiera seguro frente a la
magia de aquel inmenso mamífero moviéndose tan cerca.
─Me encanta cómo hueles ─le
murmuró Hyukjae.
El capitán del barco no podía
haberle oído, pero Donghae se estremeció al recordar cómo una vez sus caricias
habían hecho desaparecer su ropa, cómo tuvo la sensación de morir sólo de la
magia de que emanaba de él.
El capitán maniobró el barco para
volver a la orilla y Hyukjae lo acompañó hasta su asiento. Hubo un momento en
el que solo un mínimo roce bastaba para que Donghae lo mirase a los ojos, y
ahora tenía que mirar hacia otro lado porque había muchas cosas que necesitaba
ocultar.
Se acomodó un mechón de cabello y
miró hacia el horizonte, cuando creyó que Hyukjae no lo miraba, se arriesgó a
mirarlo, y lo que vio se quedaría impreso en su memoria para siempre. Hyukjae
mirando al mar, con los labios apretados como si hubiese tenido el ceño
fruncido. Las líneas limpias y marcadas de su rostro y sólo un pequeño rastro
de la arruga que podía aparecer al lado de su boca si sonreía.
Comprendía bien como había ganado
las batallas con los verdes y el gobierno: con paciencia y determinación de
acero, y ese instinto que le hacía saber cuándo su avance no podría ser
rechazado. Como aquella misma mañana, cuando había parado el coche en un
mercadillo de camino al hotel.



