Donghae no entendió lo que Hyukjae decía, ya que el
sonido de su voz lo tenía cautivado. ¿Cómo lo conseguía?, ¿cómo hacía que su
voz sonara con ese tono tan erótico?
¿Sería su timbre profundo?
No, era algo más. Pero no acaba de entender qué podía
ser.
Honestamente, lo único que quería era encontrar una cama
y dejar que hiciese con él todo lo que se le antojase; y sentir su apetitosa
piel bajo las manos.
Observó a Judith y vio que ésta se lo comía con los ojos,
mientras le miraba las piernas desnudas y el trasero.
— Tú también lo sientes, ¿verdad? —le preguntó. Judith
alzó la mirada, parpadeando.
— ¿El qué?
— A él. Es como si fuese el Flautista de Hamelin y nosotros
fuésemos las ratas, seducidos por su música —Donghae se dio la vuelta y observó
el modo en que lo miraban; algunos incluso estiraban el cuello para verle
mejor—. ¿Qué hay en él que nos hace olvidar nuestra voluntad? —preguntó.




