Al sentir que se rendía, Siwan lo besó con más dulzura, apelando a su pericia erótica para acariciar y lamer con su lengua hasta hacer que sintiera su corazón a punto de estallar.
—Dios, Heecheol —susurró él contra sus labios a la vez que le pasaba una
mano sobre su pecho deteniéndose en los duros pezones—. O Chelie, como sea que
te llames. No he podido olvidar la última vez que te tuve en mis brazos, y
quiero volver estar contigo de nuevo. Lo deseo locamente — dijo, y levantó la
cabeza para mirarla fijamente a los ojos—. Di que sí.
Al oír a Siwan llamarle Chelie, Heecheol salió de su ensoñación y cayó
en la cuenta de lo vergonzoso de su comportamiento. Sólo Kevin lo llamaba Chelie;
cuando su tía Sunghee se lo presentó como «Heecheol», él declaró que ese nombre
era muy largo y lo había llamado Chelie hasta el día de su muerte. Oír ese
nombre de boca de Siwan le pareció la peor de las traiciones.
—¡No te atrevas a llamarme así! —gritó, y se sacudió hasta que consiguió
liberarse de sus brazos y corrió a refugiarse tras la mesa redonda del centro
de la cocina. Rojo y tembloroso, se agarró al respaldo de una silla para no
perder el equilibrio.
Siwan se dio la vuelta y se recostó sobre la encimera. Al ver la fuerza
con la que agarraba la silla y sus ojos asustados, maldijo entre dientes. No
tenía que haber saltado sobre él con tanta brusquedad, pero lo había enfurecido
al llamarlo cerdo jugador, y había perdido el control, algo muy impropio
de él.



