
Hacía
frío. Mucho frío, en realidad. Por fortuna tenía su capa y sus polainas de
piel. También había una vieja manta de lana sobre un banco angosto, el único
mueble de la habitación. Pero no ardía ningún fuego y el ventanuco de la puerta
dejaba entrar el frío.
Tampoco le
habían traído comida. De pronto se sintió famélico, aunque hacía pocas horas
había compartido un poco de carne de venado con Siwon. El regresaría. No era
posible que lo dejara aquí hasta que se helara. Se sentó en el banco y se
cubrió las piernas con la manta. Los primeros días de cabalgar sin apuro con Siwon
habían sido fríamente silenciosos. Pero en los dos últimos días su humor mejoró
y Heechul empezó a creer que no le haría nada cuando regresara. Menos creyó que
él sería capaz de encerrarlo en esta celda.
Pasó una
hora y después otra. La bruma azul del cielo desapareció, dejando solamente una
oscuridad negra y deprimente, Heechul se estremeció y sintió las primeras señales
de la fiebre. Un rato después sintió calor y se despojó de la capa y de las
pieles sujetas con correas que le cubrían brazos y piernas.
El no iba
a regresar. Ese doloroso nudo apareció otra vez en su garganta y las lágrimas
le hicieron escocer los ojos. Después de todo lo que habían compartido, después
que le salvó la vida, él no podía ser tan cruel como para encerrarlo aquí.