—Vamos, deja de llorar —dijo Hanni
en su severo tono maternal cuando entró en el dormitorio de Heechul—. Se te
enrojecerán los ojos.
Heechul se incorporó en la cama,
donde había estado llorando. No estaba seguro de dónde provenían aquellas
lágrimas pero se sentía algo mejor después de haberlas derramado.
—El rojo queda bien con este traje
—dijo para quitar hierro al asunto.
—El rojo no te queda bien en
ninguna circunstancia. No es tu color, querido. ¿Y qué ha provocado tu llanto,
si puedo preguntar? Anoche estabas tan enfadado que no querías hablarme y ahora
vuelves a llorar.
—No es un hombre agradable. No
puedo creer que lo considerara como esposo, aunque sólo fuera por poco tiempo.
—Heredará un gran título —propuso Hanni
como excusa.
—Como si eso me importara. El
título sólo era para mi padre. No aprobará ningún marido sin un título superior
al suyo.
—¿Sabes?, ¡Hasta yo oí los
cotilleos cuando él volvió a Londres, sobre los tiernos corazones que había
roto con su partida! No fue sólo por el título y la fortuna, sino porque es
todo un galán.



