Debería haber
sabido cuando mi mamá me llamó histérica y llorando que no iba a llevar a nada
bueno. Normalmente, ella estaba demasiado derrotada, demasiado temerosa para hacer otra cosa que estar abatida y
desanimada. No hoy. Hoy lloró y divagó sobre cómo papá iba a matarla, y
mientras hubiera preferido estar disfrutando en el resplandor de un muy buen
sexo matutino, en su lugar estaba desesperadamente
poniéndome los pantalones y atravesando la ciudad corriendo para ver qué
demonios estaba sucediendo ahí.
Detuve el auto
con un chillido frente a la casa y subí corriendo las escaleras como si la casa
estuviera incendiándose. No me molesté en golpear, simplemente abrí la puerta
del frente con un empujón, y antes de que pudiera detenerme para ordenar mis
pensamientos o hacer un profundo revelamiento de con qué exactamente estaba
lidiando, mi papá salió corriendo de la cocina y se lanzó por la puerta.
Aterricé con un golpe seco en el agrietado concreto de la vereda y vi unas
pocas estrellas por un segundo mientras mi cabeza golpeaba el suelo con fuerza.
Antes de que
pudiera recuperar el sentido, o siquiera usar las manos para levantarme, mi
papá se lanzó sobre mí, y su puño conectó con el lado de mi rostro. Sentí la
piel de mi mejilla partirse en una herida grande y me moví bruscamente justo a
tiempo para evitar el golpe que seguramente me hubiera roto la nariz. Tomé sus
puños que se agitaban y sentí mi estómago rebelarse cuando olí el alcohol pasado
y la furia acre saliendo de cada uno de sus poros.



