—Un chico
pregunta por usted, joven Park.
El mayordomo
había salido de detrás de las cristaleras que había en la parte trasera de la
casa y observaba a Minwoo, que acababa de cortar una rosa blanca de tallo largo
y la había puesto en un cesto que había a sus pies.
Minwoo se
incorporó. No estaba de humor para visitas, ni tampoco iba adecuadamente
vestido para recibirlas. El joven Moon no debía de conocer al visitante. Debía
de ser un cliente de Hyungsik o alguien que iba a pedir. Pero, en ese último
caso, el joven Moon habría resuelto el problema solo.
—¿No le ha dicho
que el señor Park no está en casa? —preguntó decidiendo que tenía que ser un
cliente de su marido.
—No quiere ver al
señor Park, sino a usted. Dice que se llama Jo Yeowool. Y me parece que piensa
que usted lo conoce.
Minwoo palideció
y se sintió aturdido. Habría perdido el equilibrio si no hubiese podido
apoyarse en el enrejado. El joven Moon lo conocía demasiado bien como para no
darse cuenta de su repentina palidez y corrió a su lado para sujetarlo.
—Sabía que no
debía exponerse al sol sin protección. Trabaja usted demasiado. Vamos dentro,
le daré un vaso de té frío.




