—Tú...
—Sí, yo —contestó el aludido mirándolo de arriba, abajo.
—¿Qué haces aquí? ¿Por qué no te has ido?
—¿No me vas a invitar a pasar?
No tenía opción, así que Ryeowook se echó a un lado para dejarlo entrar y sintió que le temblaban las piernas. Cuando cerró la puerta y se giró, vio que Yesung miraba a su alrededor, que se fijaba en los muebles, en las fotografías de su hermano y él y en los libros que había en las estanterías.
Cuando sus ojos se encontraron, Yesung vio y reconoció algo en los de Ryeowook, reconoció aquella mirada que él mismo había tenido años atrás y que decía «aunque no tengamos mucho, es nuestro». Al instante, sintió una inmediata empatia que lo sorprendió y que se apresuró a disimular.
Y también tuvo que disimular el deseo que se había apoderado de él, aquel deseo que lo urgía a acercarse y a tocarlo, a acariciarle la mejilla y mucho más.




