Hyukjae lo
cogió en brazos y lo colocó en el centro de la cama tras quitar con brusquedad
la colcha y dejarla hecha un gurruño a los pies. Donghae se deslizó hacia la
parte superior y sintió la suavidad de la sábana de seda negra acariciándole el
trasero. Hyukjae se sentó en el borde, abrió el cajón de la mesilla y sacó
cuatro esposas forradas ensambladas con una cadena y un largo lazo de seda
negra.
—Sumisión
absoluta —susurró Donghae mientras apoyaba la cabeza en los almohadones de
seda.
—Sí —asintió Hyukjae
en voz baja mientras le recorría el cuerpo con una mirada hambrienta y lo
No tenía la
menor duda de que Hyukjae había repetido esta operación muchas veces: en menos
de un minuto lo tenía atada a la cama y abierto de piernas. Contempló con
curiosidad cada uno de los movimientos de Hyukjae, que recorría su cuerpo con
ojos voraces.
Le sorprendió
su propia forma de reaccionar: cuanto más indefenso se encontraba, cuantas más
partes de su cuerpo quedaban esposadas a la cama, más excitado estaba. Estar
atado de pies y manos para que él lo tomara a su antojo le ofrecía una libertad
que nunca había experimentado. No tenía que tomar decisiones ni preocuparse por
si él sentía placer o no. El amo era él y lo único que tenía que hacer era
esperar a ser complacido. Estar atado a su cama le resultaba tan erótico que
trató de balancear las caderas, pero las esposas se lo impidieron. No se hizo
daño, pero se dio cuenta de que apenas podía moverse y exhaló un gemido
sensual.




