Hanheng
contestó el teléfono celular que vibró en su bolsillo.
—¿Qué? —le
espetó a su
contacto—. Entonces, ¿has encontrado un lugar para llevarlo?
¿Conseguiste la orina para verter sobre él? —Él escuchó—. Entiendo que pienses
que es desagradable, pero sería inútil ocultarlo si ellos pueden olfatearlo. La
orina lo enmascarará. Haz lo que te pido. Sabes el precio que tendrás que pagar
si no lo haces. —Golpeó el botón de finalizar y se metió el teléfono en el
bolsillo.
Salió
de la suite hacia el área contigua que se había establecido como un comedor, y
vio cómo dos de sus parejas apareadas preparaban la mesa para la cena que se
llevaría a cabo en menos de una hora. Se había asegurado de cada detalle con
mucho cuidado, hasta el momento en que le entregaría a Junjin, el Alfa más
grande en dos siglos, la bebida fatal.
Hanheng
sonrió para sus adentros al pensar en la forma en que la semana se había
desarrollado. El Beta de Junjin estaba encerrado, y todos estaban tan distraídos
por la situación con él y el americano que no tenían ni idea de que había un
traidor entre ellos.
Se
acercó al mini bar y se sirvió una copa. Él la levantó en el aire mientras
susurraba en voz baja:
—Por
una noche para recordar. —Se bebió el licor de un trago, saboreando el ardor
que causó en su garganta.
Un
golpe en la puerta se escuchó, sacándolo de su ensimismamiento. Hizo un gesto a
una de las parejas para abrirla.




