Yunho encontró a Changmin en la Sala de los Caídos. Un fuego
bajo ardía en el hogar, calentando la sala, haciendo que
las pulidas espadas de los guerreros muertos brillaran en la oscuridad.
Changmin se sentaba en una silla de piel
con una espada en su regazo. La seda de su túnica gris brillaba a la luz del
fuego, abrazando su cuerpo y haciendo que se doliera por deslizar sus manos por
sus lujuriosas curvas. Había pasado demasiado tiempo desde la última vez que lo
había sostenido en sus brazos y le había hecho el amor — casi una semana. Changmin
había estado distante últimamente, y no importaba lo duro que lo intentara él,
parecía no poder traer de vuelta una sonrisa a sus labios.
El fracaso pesaba sobre sus nervios,
robándole su generalmente tranquila paciencia y férreo control. Si no le decía
lo que podía hacer para agradarlo, iba a encontrar su propia manera de ayudarlo
—una que estaba absolutamente seguro que él no aprobaría.
Sus delgados dedos recorrían amorosamente
la hoja. La espada de su hijo — Yunho la reconoció ahora que estaba cerca.
Conocía cada mella y rasguño sobre esa hoja, cada gastado lugar por el apretón
de su hijo.



