–Tu esposo está muerto. El murió hace mil quinientos años
y fue enterrado en tu patria. Sungmin no es Shengmin.
Kyuhyun rugió con su cólera y dolor. No era verdad. Sungmin
era su esposo. Él lo sentía. Él lo sabía. Sungmin era todo lo que le importaba.
Todo lo que importaba.
Antes de que pudiera pensarlo dos veces, él atacó a Shindong.
Cogió la garganta del Atlante entre sus manos y lo sacudió, intentando hacerlo
entender.
–¡El no está muerto! –rugió–. Maldito seas, él no está
muerto.
Shindong rompió su
asimiento y usó sus poderes para inmovilizarlo.
Kyuhyun siseó y gruñó mientras intentaba liberarse, pero
fue inútil.
Y en aquel momento, comprendió justo cuán lejos había
ido. Había atacado a Shindong.
El pensamiento le aclaró la mente. Shindong tenía razón. Si no se calmaba y se controlaba,
podría lograr que los mataran a todos.
A todos ellos.
