La luz del
frigorífico se derramaba sobre Siwon en la oscuridad de la cocina. Había
abierto la puerta y estaba contemplando el gigantesco interior. No tenía hambre
y sabía que una cerveza no le aliviaría el nudo que se le había formado en la
boca del estómago. Sin embargo, acostarse en la cama para recordar la presencia
de Heechul a su lado tampoco iba a ayudarlo a relajarse.
Miró el
teléfono. Debería llamarlo. Pero no sabía si lo escucharía o si, por el
contrario, le colgaría directamente. Mientras se frotaba el pecho, soltó el
aire despacio y cerró los ojos.
Le daría un
día. Y después lo intentaría otra vez. Heechul no iba a librarse de él tan
fácilmente.
Su móvil sonó,
sobresaltándolo. Tras cerrar la puerta del frigorífico con brusquedad, alargó
el brazo hacia la encimera para cogerlo. Sintió un rayito de esperanza.
Esperanza de que Heechul hubiera
recuperado el sentido común.
—¿Heechul?
—Siwon, soy Donghae.


