Acababa
de salir hacia el tráfico del mediodía cuando mi teléfono timbró, indicando una
llamada de mi mamá. Parecía tener una extraña habilidad para saber justo cuando
estaba en el borde y en mis peores momentos. Estaba comprobándome y la
necesitaba después de esa visita con la psiquiatra. Mi madre siempre me había
simplemente aceptado por lo que sea o quien sea que fuera. Nunca había
presionado, nunca había tratado de guiarme hacia un lado u otro, y como que
necesitaba ese amortiguador después de esa sesión de desnudar el alma con la
psiquiatra.
—Hola,
mamá.
—¡Leeteuk!
No he hablado contigo desde hace una eternidad. ¿Cómo estás? ¿Cómo va Jongkook?
Una
eternidad eran solo cuatro o cinco días, pero le gustaba llevar un control acerca
de mí. Gruñí un poco, agarré mis gafas de sol del portavasos, y las pegué a mi
rostro.
—He
estado ocupado. Perdón por no llamar. Volver al trabajo así como ajustarme a un
nuevo compañero me ha mantenido de puntillas, y Kook está bien. Está enloqueciendo
y creo que ha perdido cerca de diez kilos de músculo y ha ganado dos kilos en
vello facial. Sus hermanas están cuidando bien de él.
Hizo
un sonido agudo de simpatía y casi podía verla agarrándose la garganta de una
manera dramática. Mi mamá no era nada más que exagerada.



