Dambi esperó
hasta que los dos machos estuvieran fuera de vista antes de voltearse de nuevo
hacia la manada. Hizo señas, y poco a poco, Junjin se encaminó hacia ella y los
demás caminaron detrás de él. Se movieron lenta y cautelosamente, sus ojos
mirando alrededor y sus oídos temblando. Dambi sentía como que si estuvieran
caminando en la cuerda floja y que en cualquier momento uno de ellos iba a
caer, pero en lugar de causar su muerte, causarían la de alguien más.
Dambi miró a Henry
una vez que finalmente habían llegado a ella.
—¿Cómo lo llevas,
Henry? —La pregunta no tenía nada del usual sarcasmo que era común de Dambi,
sino que mostraba verdadera preocupación por sus hermanos.
Henry lucía
cansado y tenso. Dambi podía ver sus dedos crispados con la necesidad de tocar
a Zhoumi y lo mataba no poder hacerlo.
—Estoy lidiando
con esto —le dijo finalmente.
—Bien. —Dambi
asintió. Se volteó y miró hacia la mansión de la manada y, con un gesto de
firmeza, dió un paso adelante—. Hagamos esto —dijo e hizo señas para que los
otros la siguieran.
Cuando llegaron a
la puerta, Dambi dejó salir un suspiro y descubrió que sus manos estaban
temblando. Bufó para sí misma. La imperturbable Dambi temblando en sus botas,
pensó. Sin dudar de nuevo, puso la mano en el pestillo sobre la manija de la
puerta y lo presionó para abrirla.




